viernes, 20 de noviembre de 2015

GREGOR JORDAN: HACIENDO VEROSIMIL LO INVEROSIMIL

He visto la peli Amenazados de Gregor Jordan, con el negrata mazas este del Samuel L. Jackson.

El argumento es el siguiente: un colgado americano, ex-investigador de la CIA en cuestión de explosivos y converso al Islam (qué verosímil), fabrica en su casa tres bombas atómicas (qué verosímil) y las esconde en tres ciudades distintas de EEUU para hacerlas estallar sincronizadamente si el gobierno americano no cambia su política imperialista en Oriente Medio. Entonces se entrega (qué verosímil) y queda en manos de un agente secreto veterano de guerra y experto en torturas que se tortura a sí mismo por ser un torturador. Pero él lo hace porque persigue un bien mayor, cual es la salvación de los 9 millones de almas que, calcula, se pueden llevar por delante los petardos del zumbado.

La peli es tramposa. Plantea una situación imposible para desplegar la teoría, por tierra, mar y aire, de que la tortura es, desgraciadamente y en determinadas situaciones, inevitable. El catálogo de situaciones lo decidirá la autoridad competente. De momento preparemos a las masas para que no entren en estado de shock.

Y qué decir de esa hipocresía disfrazada de aparente dilema moral que hace sufrir tanto a unos protagonistas que, a la postre, pueden llegar a comportarse como témpanos de hielo cuando ven plenamente justificado, por necesario, el recurso a infligir un dolor bajo control, desplegando entonces, inmunizados, todo el catálogo de barbaridades inimaginables.
En algún sitio habían aprendido antes...
 
El recurso a la tortura debería ser siempre una línea roja infranqueable. Plantear situaciones cinematográficamente límite es una trampa para suavizar y relativizar la convicción de que se trata de una barbaridad inadmisible para el ser humano


Este, de nuevo, se convierte en un lobo para el hombre.

Se trata de propaganda 2.0.

jueves, 19 de noviembre de 2015

PARANOIAS

Le contesto a mi hermano sobre si la paranoia actual con los atentados de París está o no está justificada. Escribo desde el convencimiento de que no estoy frivolizando.

Por supuesto que creo que no está justificada. No es que no exista el terrorismo, no es que no mate, ni que no tenga un carácter de especial gravedad, ni que no sea un fenómeno desgraciadamente en auge, ni que no le pueda tocar a cualquiera. Ahí están los hechos.

Le puede tocar a cualquiera cualquier cosa: desde un accidente de bicicleta hasta que un tiesto le caiga en la cabeza, pasando por que le parta un rayo (algo mucho más probable). Que yo sepa, no hay especiales paranoias contra los rayos, los tiestos o las inocentes bicicletas, que cada año matan a miles de personas en todo el mundo.

Lo que yo digo no tiene nada que ver con la gravedad e injusticia de los hechos acaecidos en París, Líbano o Mosul, ambas extraordinarias, pero los argumentos sobre la teoría del miedo no resultan comunmente aceptados, a pesar de dictarlos el sentido común, y entonces el debate se sitúa en un discurso de mesa camilla que entonces sí parece verdaderamente peligroso. Y da miedo.

Porque en ese caldo de cultivo te las cuelan todas: desde la invasión de la avispa asiática de la que nos habla Michael Moore en Bowling for Columbine, hasta las fresquísimas declaraciones (de hoy mismo) del ministro del interior francés, Manuel Valls, en el sentido de que los terroristas podrían estar preparando temibles armas de destrucción masiva bacteriológicas o químicas (o podrían estar preparando un plumcake en su piso franco del barrio de Saint-Denis, por supuesto).

Recordemos aquí al inefable, cuando decía eso de "pueden creerme; en Irak hay armas de destrucción masiva". No había, bueno, ¿y qué?

Recordemos también al Sr. gobernador de California, Gray Davis, demócrata, tras el atentado de las Torres Gemelas de 2001, asegurando poseer información contrastada de que los terroristas iban a atentar (como si solo se tratara de sentarse a esperar) contra el Golden Gate de San Francisco en los días inmediatamente posteriores a la crisis y me parto de risa (por no llorar de pena). Eso sí que da miedo.

Los terroristas, ya se sabe, van a los lugares especialmente vigilados, justamente ahora que la última moda es el chaleco de trilita, y se inmolan tranquilamente en todas partes y a todas horas, allí donde les viene en gana. Ahora todos somos su objetivo. Las radios y las televisiones nos releen el precioso poema de Martin Niemüller, erróneamente atribuido a Bertold Bretch:
 
 "Primero apresaron a los comunistas, y no dije nada porque yo no era un comunista.
Luego se llevaron a los judíos, y no dije nada porque yo no era un judío.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era ni obrero ni sindicalista.
Luego se llevaron a los católicos, y no dije nada porque yo era protestante.
Hoy vinieron por mí, pero ya es demasiado tarde."

Y es que la capacidad del terrorismo es fundamentalmente dialéctica, es decir, es la capacidad de imponer un determinado discurso con una determinada intención poniendo los muertos encima de la mesa. Yo tengo esto, ¿qué tienen ustedes?. De ahí su nombre, que se refiere expresamente a su intención de provocar terror, miedo entre la población, y condicionarnos así de una forma significativa.

Traducción: registros indiscriminados sin orden judicial, confinamiento de sospechosos, control de fronteras, policías armados en sus horas fuera de servicio, arcos de seguridad, detenciones de sospechosos, control, control, control. Y la gente contentísima, acojonadísima y pensando en la tranquilidad (ficticía, por lo tanto) que dan esas medidas. Es la paradoja de "metannos miedo para que estemos tranquilos". Las sociedades occidentales acogen ese miedo como una herramienta de control so pretexto de "garantizar nuestra seguridad".

Hoy hablaba un locutor de TV en los siguientes términos: "la gente pasea tranquila de ver tanta seguridad, pero un poco intranquila de ver a tantos policías nerviosos y con tantas armas". Pues si que estamos buenos.

Y lo cojonudo es que te encuentras con que con este discurso está de acuerdo, lo mismo un tipo que se dedica a hacer parapente, que otro que va a 150 km/h por la carretera con toda la familia dentro del coche.

De lo que nadie habla es de los 36 muertos en atentado ayer mismo en Siria o los 57 de anteayer en Líbano, donde no existe una modificación sustancial del debate sobre seguridad.

La gente me pregunta cada dos por tres si no me da miedo trabajar con 14 jóvenes magrebíes residentes en nuestro centro de acogida. Dices que no y no te creen, los muy gilipollas. Deben de pensar que mentimos o que padecemos el síndrome de Estocolmo.

Una sociedad con miedo es muy moldeable: te hacen pasar por el aro, literalmente (arco de aeropuerto), pero es mucho más fácil morir de diarrea en Egipto que a consecuencia de un atentado terrorista, por mucho que casi te haya tocado cuando estuvistes en el Sinaí en las últimas vacaciones. De hecho, en aquel tiempo, era mucho más probable morir en un atentado terrorista en Euskadi que en Egipto. 

Y así, siguiendo el hilo y en cuestión de violencia de género, con casi 100 muertes al año en nuestro país, hay que recalcar que todavía hoy es el día en que no hay una ley integral contra este tipo de terrorismo, mucho más dañino en términos absolutos. Se trata de pensar un poco en cómo dimensionamos la información que recibimos.

Cuando ocurre un maremoto todo el mundo conoce a alguien que estaba allí; cuando hablamos de accidentes de tren, siempre hay alguien que tiene un amigo que tiene un amigo que estaba allí. Yo mismo conozco una chica chilena que trabajaba en Haiti cuando el terremoto de Haití; que fue evacuada a Chile y le cayó de pedrea el terremoto de Chile. Para volverse loca. Y cuando hay un atentado, nos pasa tres cuartos de lo mismo: todo el mundo conoce a alguien.

Conviene recordar, y esto siempre me ha llamado la atención, que existe una teoría que dice que estamos a seis pasos de cualquier otro ser humano del universo mundo, incluyendo por supuesto, famosos y celebridades, desde el presidente de los Estados Unidos hasta el Papa, pasando por Bob Dylan o Justin Bieber. Se llama probabilidad y se estudia en matemáticas de la ESO.


¿Cuántos inmigrantes había en España en el año 2000? Menos de un millón. ¿Nos acordamos de los sucesos racistas de El Ejido, Almería, España, año 1999, en los que se aventaron todas esas mentiras contra los inmigrantes y toda aquella sicosis colectiva sobre el carácter invasivo de la emigración del estrecho de Gibraltar? Ahora hay 4,7 (y bajando, a pesar de los repuntes actuales) ¿Qué han hecho los inmigrantes desde entonces? Aumentar el PIB un 3% anual los siguientes 8 años, hasta que llegó la crisis. Y ahora con los refugiados volvemos a la casilla de salida, en un momento en que nuestro país necesita savia nueva y mano de obra especializada.

Y a monseñor Cañizares, por ejemplo, por razones muy concretas, solo se le ocurre decir que no son "trigo limpio"-. Y luego está el mocetón ese del PP catalán...

Mezclamos todo en la batidora: inmigrantes, yihadismo, Isis, trigo limpio y nos sale el coctel perfecto para tenernos pegados a la telebasura.

Nos da miedo montar en avión, pero objetivamente es el medio de transporte más seguro. Nuestro miedo tiene una base subjetiva. Imagínate si lo aventamos. Es lo que ocurre cuando te sientas en un avión junto a alguien que tiene miedo a volar y le explicas lo que pasaría ("¿te imaginas...?") con pelos y señales, si a los motores del cacharro en el que está a punto de despegar les diese por estallar a la vez, jajaja, que risa María Luisa. Se cagaría de miedo.

Es como si a alguien que está con la mosca detrás de la oreja con esto del terrorismo le cuentan que han encontrado un arsenal en un piso franco que "se te ponen los huevos de corbata". Ocurre exactamente eso: que te los pone de corbata.

Parece que los terroristas son sofisticadísmos malvados capaces de construir una bomba atómica con cuatro cosas que recogen de un contenedor. No se dice que los dos suicidas del estadio de Saint-Denis, no lograron entrar en el recinto porque no tenían un plan viable, eran unos chapuceros y unos inútiles y que, con un cinturón de bombas nuevecito y un estadio a rebosar, sólo consiguieron matarse ellos y a un pobre hombre que pasaba por allí. Menudo éxito. No se dice que la extracción social de estos chicos es la que es, que da pena morena y que lo mismo se agarran a un Kalasnikov que se dedican a fumar canutos en la puerta del instituto o las dos cosas a la vez. No, que va. Salah Abdeslam es el Dr. No. Y 007 sin aparecer.

A mi estas cosas me dan que pensar.

Y sobre todo creo que este discurso está haciendo muchísimo daño a la millonaria minoría musulmana de toda Europa, por ejemplo, a la que se detiene preventivamente y se humilla públicamente y se obliga a justificarse permanentemente. Porque se le "coge miedo" y eso, etimológicamente, no es otra cosa que xenofobia. Y la xenofobia ya sabemos a qué conduce. Ósea que cuidadito con dejar aventar nuestros prejuicios y nuestros miedos, que luego no hay quien los pare.

Voy a contar un chiste para que los predispuestos se me lancen a la yugular: "Anuncio por palabras: Taliban con ciclomotor, se ofrece para pequeñas demoliciones". Ante la desgracia, el horror y la injusticia, la respuesta serena y liberadora de la risa. Por respeto a los muertos.

lunes, 16 de noviembre de 2015

EL DESENCANTO DE LOS PANERO



Ayer vimos el documental "El Desencanto", rodado en 1976 entre Astorga y Castrillo de las Piedras (León) por Jaime Chávarri y producido por Elías Querejeta, en el que aparecen, sucesivamente y en primera persona los trágicos testimonios de las trágicas vidas de la extinta y trágica familia Panero: la madre, Felicidad Blanc (1913-1990), esposa del poeta falangista Leopoldo Panero (m. 1962 y omnipresente a lo largo de todo el metraje), y los hijos: Michi (1951-2004), Juan Luis (1942-2013) y Leopoldo María (1948-2014).

La película es el retrato de una familia acomodada de la época, culta y pudiente, decadente y en descomposición, donde la hipocresía y la apariencia, el autoritarismo y la crueldad se hacen transversales, pero en la que también se presentan la ternura soterrada, el humosr y la astracanada, la provocación y la sinceridad desprovista de aditivos. La película es también el retrato de una época y una clase social que se venía abajo, al tiempo que lo hacía el régimen que fue su caldo de cultivo, devorada por sus contradicciones.

A Leopoldo María le pudimos escuchar, hasta hace relativamente poco, en la "Tertulia de los locos" de Xavier Sardá, en su programa La Ventana de la SER, antes de que se hiciera cargo del mismo Gemma Nierga. Hablaba con la misma loca lucidez que en el documental de Querejeta, con la misma voz gangosa y sonada que entonces, con la misma sinceridad descarnada y sin concesiones, desde el sanatorio siquiátrico San Juan de Dios de Mondragón (Arrasate, Gipuzkoa), el mismo en el que Michelle Angiolillo Lombardi había asesinado, el 8 de agosto de 1897, al presidente de gobierno español Antonio Cánovas del Castillo cuando el establecimiento se regentaba como Balneario de reposo y aguas medicinales de Santa Águeda. Otro anarquista.

Para entonces, Leopoldo María ya se había convertido en representante incuestionable del malditismo poético del tardofranquismo y era ya un consagrado poeta, traductor y ensayista, miembro, desde finales de los 70, de "Los Novísimos" de José María Castellet y autor de una extensa obra aclamada por la crítica especializada desde finales de los años 80. Paralelamente, su vida había transcurrido entre la cárcel (por su activismo político de izquierdas desde antes de la muerte de Franco) y los sanatorios siquiátricos, entre la sagacidad y la demencia, entre el alcohol y todo tipo de drogas.

De alcohol y drogas hablaba abiertamente, como de una historia de amor trágica e inevitable. En 1990 publicó un estremecedor poemario dedicado por entero a la heroína.

Alcohol, drogas y enfermedad mental que acompañaron también al padre, Leopoldo, y a los otros dos hermanos, Juan Luis y Michi. El suicidio, que ninguno llegó a consumar, el humor descarnado, la sinceridad redentora, sin concesiones, de la que hacen gala madre y hermanos al enfrentarse a sus adicciones, sus relaciones personales y el ajuste de cuentas de su historia familiar, y la poesía salvaje y despiadada, única válvula de escape a la alternativa de la enfermedad siquiátrica. Y por encima de toda la familia, la figura del padre -ausente pero permanente-, su autoritarismo y su filiación con un régimen que devoró a una estirpe de clase acomodada y culta, pero en permanente decadencia y contradicción.

En ellos, la ternura se disfraza de sinceridad radical, pero el reproche se desviste de odio y el ajuste de cuentas se maneja a través de las sonrisas, el reconocimiento mutuo, la autocrítica, la búsqueda de la belleza en la tragedia existencial y en la sordidez de la vida. Y sin absolutamente ninguna concesión de índole sentimental.

Juan Luis, el más cosmopolita de los tres hermanos, viajero y vividor, también publicó un extenso poemario, Felicidad Blanc, la bellísima, la encantadora y granítica madre, un libro de memorias de aquella época: "Espejo de sombras"; y Michi, el pequeño y entrañable Michi, poeta sin obra, columnista, ensayista y vividor.

Felicidad murió en 1990. A su muerte, en 1994, el cineasta Ricardo Franco, filmó "Después de tantos años", una continuación de la reflexión de los Panero en película de Chávarri. Tras la desaparición de Felicidad, lo hicieron, de cáncer, Michi (2004) y Juan Luis (2013). El último en partir fue Leopoldo María. Se había marchado desde Mondragón al manicomio del Dr. Rafael Inglott, como él lo llamaba, en la Unidad Siquiátrica del Hospital de Las Palmas de Gran Canaria.

La vida, como decía Michi, era un error. Quizá el contacto con el tormento prolongado, buscado y rebuscado, la enfermedad mental, el coqueteo con la muerte del que presumía Juan Luis, la búsqueda de la estética en la sordidez de la que nos habla Leopoldo... sean un hipnótico y bellísimo error anterior.

La madre, recitando versos de memoria, melancólicos versos de una época ya perdida, en su expléndida y estoica lucidez, quizá fuese la antesala de tanta locura, de tanta belleza, de tanta terrible humanidad, de tanta insoportable ternura y de tanto entrañable sufrimiento.

La triste sonrisa del joven viejo Leopoldo María, la descarada timidez de Michi o la astracanada permanente e impostada de Juan Luis quizá fuesen también un insólito guiño a la vida camino de la muerte.

"La vida es mucho más lineal y sórdida de lo que queremos creer y uno se olvida siempre de la última parte de cada noche o de cada borrachera. Lo que es un error es vivir" 
Michi Panero.


viernes, 13 de noviembre de 2015

FOTOGRAFOS DEL DESASOSIEGO

La exposición del Museo de San Telmo "Hain urrun, hain hurbil / Tan lejos, tan cerca" es un recorrido por el documentalismo fotográfico español de los años 70 que pellizca los 60 y los 80 con una contundencia asombrosamente lejana por olvidada y a su vez, cercana por reconocible.

Koldo Chamorro, Cristina García Rodero, Cristóbal Hara, Fernando Herráez, Anna Turbau y Ramón Zabalza recorren una época de negrura social y de miseria cultural a lo largo de los últimos años del tardofranquismo. Con una rotundidad salvaje, retratan un país rural y miserable, tradicional y marginado. Por sus fotografías desfilan chabolas de gitanos y procesiones, cementerios y niños harapientos, máscaras y carnavales, oscuros talleres y oficios olvidados, enfermos y ataúdes, oropeles de novia y vestidos de comunión, vidas arrasadas y vidas analfabetas, supervivientes y maleantes, mataderos y escombreras, pasiones y ternuras, rabia y dolor, en el tránsito de una España popular y verdadera, tradicional y atrasada, chusca y agraria, chabolista y perversa en su camino hacia una incipiente industrialización.

Las fotografías, ancladas en la vardadera y mágica pasión interior de los personajes fotografiados, no dejan de producirnos un desasosiengo hipnótico que, de algún modo nos impulsa a desear no haber acudido a la sala del museo, pero que en su conjunto rezuman de una belleza poética incuestionable. Cada una de las fotografías de esta exposición son un trozo de un mosaico tierno y hermoso, desnudo y vulnerable, triste y a la vez cargado de humanidad reconfortante, que dibuja una época lejana y, al mismo tiempo, estremecedoramente cercana.

LAS ÚLTIMAS HORAS DE MUAMAR GADAFI

Interesante novela la de Yasmina Khadra sobre la última noche del Rais Muamar Gadafi.

Un retrato descarnado de la cosmovisión de un tirano sanguinario. Un intento de explicar su deriva, desde la revolución que siguió al golpe de estado y derrocamiento del monarca Idris I en 1969, hacia la aniquilación total. Un relato que culmina con su captura en el interior de una tubería de obra cuando trataba de huír de Sirte. Una huída fracasada. Un desesperado intento de escapar a los controles rebeldes que habían sumido en el caos absoluto a la ciudad y que concluyó después de que arrasasen el convoy en el que trataba de huír junto a su hijo Mutasim y un puñado de seguidores armados.

Escrita en primera persona, como si fuera el propio Gadafi quien hablara, reconstruye la demencial evolución del hijo bastardo de un clan de pastores hasta su conversión en uno de los más crueles dictadores de la historia contemporánea. Rebuscando entre los hechos conocidos de aquellas últimas horas del hermano Guía, es el propio Gadafi quien nos habla de su adicción a la heroína, de sus amazonas guardaespaldas -a la vez guardias personales y esclavas sexuales-, de sus delirios de grandeza, de su sentimiento de predestinación, de su progresivo endiosamiento, de su absoluto alejamiento de la realidad.

Así, Gadafi, salvador de su pueblo, se siente traicionado por él. Implacable, se separa de su destino, reniega de él y lamenta no haber sido más cruel, deseando su aniquilación. Khadra es un Gadafi que nos confiesa su personalidad colérica e implacable, vengativa y sádica, visonaria y desquiciada.

Soberbio, narcisista, delirante, mesiánico, febril, arbitrario, megalómano, déspota iluminado, extremadamente cruel y extremadamente débil, un alma sombría, desmesurada y angustiada a partes iguales, así era Muamar Gadafi, el hermano guía, el Rais que se perdió en la ficción en la que convirtió su vida y la de millones de libios durante décadas.

Su madre le dijo un día: "Sólo escuchas por una oreja, con la que atiendes de buena gana a tus demonios mientras la otra hace caso omiso de la razón".

Quizá por eso mostraba un hipnótico interés por el autoretrato que Van Gogh, el loco del pelo rojo, se hizo tras cortarse una oreja en uno de sus últimos arrebatos de locura.

La misma locura en la que murió linchado por los imberbes soldados rebeldes de otra revolución...


miércoles, 11 de noviembre de 2015

JÁNOVAS Y LA LLUVIA AMARILLA

Desde hace más de una década, pasamos, todos los veranos, una semana o dos en el pueblecito pirenaico de Fiscal, a los pies del parque Nacional de Ordesa y del Sobrepuerto, el lugar de Ainielle, el pueblo que inmortalizara Julio Llamazares en La Lluvia Amarilla, ese amargo y bellísimo retrato de la desaparición del mundo rural.

Jánovas se encuentra justo en dirección contraria, pero en el mismo valle, el del río Ara. El Ara es el último río virgen de la piel de Toro, desde su nacedero hasta su desembocadura en el río Gállego, a la altura la medieval Ainsa.

Pero esta característica singular estuvo a punto de desaparecer en 1961, cuando el decadente régimen franquista se empeñó, en plena época de lo que se ha conocido después como el Desarrollismo, en inaugurar infraestructura tras infraestructura, singularmente pantanos, para dar satisfacción a la oligarquía dominante de la época: la gran empresa. Iberduero (luego Iberdrola, ahora Endesa), por ejemplo.

Así, en la bellísima cerrada de Jánovas, con su flysch a la vista y su hermoso río recorriendo el fondo del cañón, los ingenieros del Régimen vieron la estructura perfecta para un presa imperfecta, una presa que nunca se hizo porque nunca hubiera podido hacerse ahí, según dictan los informes medioambientales que impusieron a la postre la racionalidad. Aquellos pigmeos mentales soñaron una estúpida e imposible infraestructura y la entrada de unos miles de kilowatios a sus cuentas corrientes a costa de los vecinos del apacible y pacífico pueblito colindante.

Y los vecinos, de manos encallecidas y rostros curtidos al sol, dijeron no.

El documental que presentó Jordi Evole el día pasado en Salvados, recupera la trágedia de la expropiación mafiosa de aquel pueblo, de su destrucción y la represión que se ejerció contra aquellos hombres y mujeres sencillos; recupera y descubre la vergüenza que, aun hoy en día arrastra Endesa, o como se llame la compañía vampírica cuyo cuasi monopolio seguimos sufriendo muchos ciudadanos de este país y que continúa cobrando cantidades millonarias a los vecinos que quieren revertir sus propiedades y volver al pueblo, así, con dos cojones.

Endesa, que declinó la invitación para aparecer en el documental.

Un documental que es también un canto emocionado a la dignidad humana, a la humanidad de las gentes de corazón sencillo, a la resistencia tenaz ante la injusticia y a la dignidad por encima de cualquier otra consideración. Es un canto emocionado y emocionante a lo mejor del ser humano... puesto en contraste con la miseria abyecta de quienes perjeñaron, planificaron y pusieron en práctica semejante despropósito.

Las figuras de Tony Garcés, Francisca y Emilio Garcés y la del íntegrísimo Juan Luis Muriel, secretario general de Medio Ambiente en la época de la inefable Isabel Tocino, se elevan heroicamente y ya, desde el documental de Salvados, para siempre, como ejemplo de dignidad humana y lucha por la justicia, frente a las miserables maniobras de miserables lacayos de la oligarquía lárgamente dominante. 

Para echarse a llorar, pero de emoción.

martes, 10 de noviembre de 2015

LA ORACIÓN DE UN CINCUENTÓN


Señor, voy a cumplir 50 años.

El abismo debería abrirse ante mi. Mi tendencia al sobrepeso es directamente proporcional a la pereza que me da calzarme las zapatillas de correr. Hemos llegado a la cima hace tiempo. No ha estado mal; un esfuerzo de la leche, por decirlo todo. Sobre todo en las crestas de la adolescencia, tan lejanas a estas alturas.

Como todo, tiene ventajas e inconvenientes. Cuesta abajo uno va sobrado: puedes meter los rollos que te dé la gana y, normalmente, los jovenzuelos ¡te escuchan! (o disimulan de cine). En todo caso, te la trae al pairo. Tú a lo tuyo, martillo pilón. Por el contrario, ahora, los meniscos aguantan peor el traqueteo de las piedras, el resuello perdido vuelve en casi todos los repechos y al día siguiente te vas al spa. Porque tienes pasta y te lo puedes permitir. Ahí queda eso.

Mientras tanto, los veinteañeros, los treintañeros e incluso los cuarentones, no se enteran de la fiesta (no como tú, que a estas alturas ya eres clarividente). Están dejándose su testosterona en plena cuesta arriba, a ver quien puede más, a ver quién la tiene más grande, y sueñan con triunfos fantásticos que, normalmente, tampoco llegarán. No todos, claro, pero muchos son tan felices que caminan en línea recta, sin sortear los obstáculos, atravesándolos directamente, con una sonrisa de oreja a oreja. Para ellos son los tiempos del “no me entero de nada pero quiero un Golf GTI. GTI y rojo”.

Y al mismo tiempo, tú, con tus cincuenta alrededor del ombligo, te haces más cínico, más descreído. Te importan otras cosas (especialmente aquellas que no se logran con el cuerpo). Aunque, ojo, sigues siendo un máquina y piensas morir con las botas puestas (el año que viene te apuntas a la Behobia y sin despeinarte. Bueno, ya veremos).

Curiosamente, también te gustan determinados traseros, a poder ser grandes (apretados en el caso femenino, creo). El asunto no va mucho más lejos, porque simultáneamente tu cerebro trabaja para traerte a colación la fábula de la zorra y las uvas: ¡Están verdes!. Maldito Esopo. Y una pastillita azul que revolotea entre tus ensoñaciones. Todo un campeón.

Así las cosas, comienzas a diversificar tus intereses: ahora te gusta más leer, nadar a tu ritmo, en soledad, estar sólo, en silencio o marcarte un Hommer Simpson de vez en cuando (sofá, cerveza, etcétera). También te gusta pasear con ella, en tranquila compañía, retomar las viejas amistades, perdonarles cosas que juraste no perdonarles -ser compasivo en definitiva, porque tú también necesitas ser compadecido-, charlar de poesía, sin pedantería (si es que ello es posible), o de filosofía, o de la trascendencia… o de la vida misma.

Claro que meterse en este jardín a los cincuenta significa que se te revienta la fe carbonera de tu primera juventud y ahí te las compongas, entre el cero y el infinito, tratando de casar el pensamiento racional y tu cinismo creciente, con tu presencia, Señor, tan y tantas veces difuminada. Quizás ahora, más difuminada que nunca. Crisis de fe, le llaman. Lo típico. Pero en medio de la melopea, cuatro blasfemias que ahora sueltas ya sin pudor, el pensamiento existencial-racional-empírico-de vuelta de todo (pack completo), una llorera y un perder el pie, el mismo run-run de siempre que por detrás (o por algún lugar adimensional) te dice: “no todo está perdido: sigue buscando pedazo de bruto”.

Con veinte, con treinta, eras un idiota triunfador que se comía el mundo y se la pegaba contra la misma piedra una y otra y otra vez, sacando pecho y disimulando el dolor que los golpes dejaban en el cuerpo, en el alma y en el corazón. “Mira la ceja que me acabo de partir, soy the fucking master of the universe”.

Con cincuenta somos igual de idiotas, pero ya no sentimos el dolor en el alma -nos damos un golpe en la espinilla y aullamos como si Saturno nos estuviera devorando- porque la tenemos en barbecho, cuestionada, y porque, sinceramente, Señor, ya sabemos que somos idiotas. E incluso, hemos llegado a descubrir que esa idiotez congénita es nuestra única y verdadera vía de conocimiento: lo que no sabemos y, ahora sí, queremos saber.
A decir verdad, es un descubrimiento que no se le puede pedir a todo el mundo. Los idiotas al cuadrado mueren felices directamente, saltándose el paso anterior.

Eso, o dejarnos absorber por el Misterio (gracias Javier Cortés).

Así que, como el cuerpo no nos sigue al ritmo que nos gustaría, muchas veces sacamos el corazón a pasear y, salvo que seas Hugh Hefner o Karl Lagerfeld, nos hacemos más sobrios[1], más tolerantes (¡ejem!) y, algunos incluso, más cariñosos.

Y más condescendientes, porque tomamos conciencia de nuestra finitud. De todos esos proyectos que ya no van a poder ser, de todos esos lugares que no vamos a conocer, de la cantidad de libros que nos van a quedar por leer (incluso si nos hemos leído el Ulises en un acto de autoafirmación tipo: “por mis pelotas”), de la cantidad de ellos que va a ser que no…

El abismo debería abrirse ante mi. Los miedos afloran constantemente: la fragilidad de la vida, el naufragio de la cosmovisión teológica que por años nos ha sostenido, las pérdidas irremediables, el dolor, el del alma y el del cuerpo y al final de la dulce bajada, la parca esperando junto al manantial.

¿He dicho “cosmovisión teológica”?

Ni me imagino lo que tiene que ser la sesentena y más allá.

Pero Tú, Señor, estás ahí, entre Tú y yo, conmigo, creo que en lo recóndito de mi ser, de mi corazón, como repetíamos hace ya tanto en el viejo salmo, insuflando una esperanza que trasciende la tragedia de la vida, la naranja que nos comemos cuando ya no nos dan los pulmones para remontar la loma del fondo. Tú, el Único, el que lo llena todo, el que nos hace ser, el que nos abraza en la oscuridad absoluta con un amor infinito. Una naranja en el campo de amapolas.

Tú, Señor, si es que existes.

Y sólo por eso repito, aferrándome a un clavo ardiendo: “creo en ti, confío en ti, te amo”. Porque tu mensaje sigue siendo profundamente liberador y su experiencia, su presencia hecha vida en mi vida, la única y paradójica certeza. Jesús, El Evangelio, la buena nueva. Lo que tú me digas.


Así que, volvieron a llamar al hombre que había sido ciego, y dijéronle: Da gloria a Dios: nosotros sabemos que este hombre (por Jesús) es pecador.
Entonces él respondió, y dijo: Si es pecador, no lo sé: una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.
(Jn 9, 24-25) 
 
Señor, creo en ti, confío en ti, te amo.


“Ser cristiano no consiste en entrar –para quedarse- en un determinado edificio teológico, por muy bien construido que esté, o por muy sólido que sea. Ser cristiano significa decir sí a Jesús y al estilo de vida que él nos propuso mediante su práctica cotidiana. A partir de ese “sí”, y en el proceso de caminar siguiendo la justicia y la misericordia, vendrá el encuentro con lo transcendente, con lo que no entendemos, con lo que sólo intuimos… el encuentro con el Dios, padre de Jesús.

(Ignacio Simal Camps)

 Padre nuestro


[1] Pienso en algunos nombres de nuestro elenco político patrio y se me desmonta el discurso de arriba abajo. Ya perdonaréis.