Señor, voy a cumplir 50 años.
El abismo debería abrirse ante mi. Mi tendencia al sobrepeso
es directamente proporcional a la pereza que me da calzarme las zapatillas de
correr. Hemos llegado a la cima hace tiempo. No ha estado mal; un esfuerzo de
la leche, por decirlo todo. Sobre todo en las crestas de la adolescencia, tan
lejanas a estas alturas.
Como todo, tiene ventajas e inconvenientes. Cuesta abajo uno
va sobrado: puedes meter los rollos que te dé la gana y, normalmente, los
jovenzuelos ¡te escuchan! (o disimulan de cine). En todo caso, te la trae al
pairo. Tú a lo tuyo, martillo pilón. Por el contrario, ahora, los meniscos
aguantan peor el traqueteo de las piedras, el resuello perdido vuelve en casi
todos los repechos y al día siguiente te vas al spa. Porque tienes pasta y te lo
puedes permitir. Ahí queda eso.
Mientras tanto, los veinteañeros, los treintañeros e incluso
los cuarentones, no se enteran de la fiesta (no como tú, que a estas alturas ya
eres clarividente). Están dejándose su testosterona en plena cuesta arriba, a
ver quien puede más, a ver quién la tiene más grande, y sueñan con triunfos
fantásticos que, normalmente, tampoco llegarán. No todos, claro, pero muchos
son tan felices que caminan en línea recta, sin sortear los obstáculos,
atravesándolos directamente, con una sonrisa de oreja a oreja. Para ellos son
los tiempos del “no me entero de nada pero quiero un Golf GTI. GTI y rojo”.
Y al mismo tiempo, tú, con tus cincuenta alrededor del
ombligo, te haces más cínico, más descreído. Te importan otras cosas
(especialmente aquellas que no se logran con el cuerpo). Aunque, ojo, sigues
siendo un máquina y piensas morir con las botas puestas (el año que viene te
apuntas a la Behobia y sin despeinarte.
Bueno, ya veremos).
Curiosamente, también te gustan determinados traseros, a
poder ser grandes (apretados en el
caso femenino, creo). El asunto no va mucho más lejos, porque simultáneamente
tu cerebro trabaja para traerte a colación la fábula de la zorra y las uvas:
¡Están verdes!. Maldito Esopo. Y una pastillita azul que revolotea entre tus
ensoñaciones. Todo un campeón.
Así las cosas, comienzas a diversificar tus intereses: ahora
te gusta más leer, nadar a tu ritmo, en soledad, estar sólo, en silencio o marcarte
un Hommer Simpson de vez en cuando (sofá, cerveza, etcétera). También te gusta
pasear con ella, en tranquila compañía, retomar las viejas amistades, perdonarles cosas
que juraste no perdonarles -ser compasivo en definitiva, porque tú también
necesitas ser compadecido-, charlar de poesía, sin pedantería (si es que ello
es posible), o de filosofía, o de la trascendencia… o de la vida misma.
Claro que meterse en este jardín a los cincuenta significa
que se te revienta la fe carbonera de tu primera juventud y ahí te las compongas,
entre el cero y el infinito, tratando de casar el pensamiento racional y tu
cinismo creciente, con tu presencia, Señor, tan y tantas veces difuminada.
Quizás ahora, más difuminada que nunca. Crisis de fe, le llaman. Lo típico.
Pero en medio de la melopea, cuatro blasfemias que ahora sueltas ya sin pudor,
el pensamiento existencial-racional-empírico-de vuelta de todo (pack completo),
una llorera y un perder el pie, el mismo run-run de siempre que por detrás (o
por algún lugar adimensional) te dice: “no todo está perdido: sigue buscando
pedazo de bruto”.
Con veinte, con treinta, eras un idiota triunfador que se
comía el mundo y se la pegaba contra la misma piedra una y otra y otra vez,
sacando pecho y disimulando el dolor que los golpes dejaban en el cuerpo, en el
alma y en el corazón. “Mira la ceja que me acabo de partir, soy the fucking master of the universe”.
Con cincuenta somos igual de idiotas, pero ya no sentimos el
dolor en el alma -nos damos un golpe en la espinilla y aullamos como si Saturno
nos estuviera devorando- porque la tenemos en barbecho, cuestionada, y porque,
sinceramente, Señor, ya sabemos que
somos idiotas. E incluso, hemos llegado a descubrir que esa idiotez congénita es
nuestra única y verdadera vía de conocimiento: lo que no sabemos y, ahora sí,
queremos saber.
A decir verdad, es un descubrimiento que no se le puede
pedir a todo el mundo. Los idiotas al cuadrado mueren felices directamente,
saltándose el paso anterior.
Eso, o dejarnos absorber por el Misterio (gracias Javier Cortés).
Así que, como el cuerpo no nos sigue al ritmo que nos gustaría,
muchas veces sacamos el corazón a pasear y, salvo que seas Hugh Hefner o Karl
Lagerfeld, nos hacemos más sobrios, más tolerantes (¡ejem!) y, algunos
incluso, más cariñosos.
Y más condescendientes, porque tomamos conciencia de nuestra
finitud. De todos esos proyectos que ya no van a poder ser, de todos esos
lugares que no vamos a conocer, de la cantidad de libros que nos van a quedar
por leer (incluso si nos hemos leído el Ulises
en un acto de autoafirmación tipo: “por mis pelotas”), de la cantidad de ellos
que va a ser que no…
El abismo debería abrirse ante mi. Los miedos afloran constantemente:
la fragilidad de la vida, el naufragio de la
cosmovisión teológica que por años nos ha sostenido, las
pérdidas irremediables, el dolor, el del alma y el del cuerpo y al final de la
dulce bajada, la parca esperando junto al manantial.
¿He dicho “cosmovisión teológica”?
Ni me imagino lo que tiene que ser la sesentena y más allá.
Pero Tú, Señor, estás ahí, entre Tú y yo, conmigo, creo que
en lo recóndito de mi ser, de mi corazón, como repetíamos hace ya tanto en el
viejo salmo, insuflando una esperanza que trasciende la tragedia de la vida, la
naranja que nos comemos cuando ya no nos dan los pulmones para remontar la loma
del fondo. Tú, el Único, el que lo llena todo, el que nos hace ser, el que nos abraza en la oscuridad absoluta
con un amor infinito. Una naranja en el campo de amapolas.
Tú, Señor, si es que existes.
Y sólo por eso repito, aferrándome a un
clavo ardiendo: “creo en ti, confío en ti, te amo”.
Porque tu mensaje sigue siendo profundamente liberador y su experiencia, su
presencia hecha vida en mi vida, la única y paradójica certeza. Jesús, El
Evangelio, la buena nueva. Lo que tú me digas.