Desde hace más de una década, pasamos, todos los veranos, una semana o dos en el pueblecito pirenaico de Fiscal, a los pies del parque Nacional de Ordesa y del Sobrepuerto, el lugar de Ainielle, el pueblo que inmortalizara Julio Llamazares en La Lluvia Amarilla, ese amargo y bellísimo retrato de la desaparición del mundo rural.
Jánovas se encuentra justo en dirección contraria, pero en el mismo valle, el del río Ara. El Ara es el último río virgen de la piel de Toro, desde su nacedero hasta su desembocadura en el río Gállego, a la altura la medieval Ainsa.
Pero esta característica singular estuvo a punto de desaparecer en 1961, cuando el decadente régimen franquista se empeñó, en plena época de lo que se ha conocido después como el Desarrollismo, en inaugurar infraestructura tras infraestructura, singularmente pantanos, para dar satisfacción a la oligarquía dominante de la época: la gran empresa. Iberduero (luego Iberdrola, ahora Endesa), por ejemplo.
Así, en la bellísima cerrada de Jánovas, con su flysch a la vista y su hermoso río recorriendo el fondo del cañón, los ingenieros del Régimen vieron la estructura perfecta para un presa imperfecta, una presa que nunca se hizo porque nunca hubiera podido hacerse ahí, según dictan los informes medioambientales que impusieron a la postre la racionalidad. Aquellos pigmeos mentales soñaron una estúpida e imposible infraestructura y la entrada de unos miles de kilowatios a sus cuentas corrientes a costa de los vecinos del apacible y pacífico pueblito colindante.
Y los vecinos, de manos encallecidas y rostros curtidos al sol, dijeron no.
El documental que presentó Jordi Evole el día pasado en Salvados, recupera la trágedia de la expropiación mafiosa de aquel pueblo, de su destrucción y la represión que se ejerció contra aquellos hombres y mujeres sencillos; recupera y descubre la vergüenza que, aun hoy en día arrastra Endesa, o como se llame la compañía vampírica cuyo cuasi monopolio seguimos sufriendo muchos ciudadanos de este país y que continúa cobrando cantidades millonarias a los vecinos que quieren revertir sus propiedades y volver al pueblo, así, con dos cojones.
Endesa, que declinó la invitación para aparecer en el documental.
Un documental que es también un canto emocionado a la dignidad humana, a la humanidad de las gentes de corazón sencillo, a la resistencia tenaz ante la injusticia y a la dignidad por encima de cualquier otra consideración. Es un canto emocionado y emocionante a lo mejor del ser humano... puesto en contraste con la miseria abyecta de quienes perjeñaron, planificaron y pusieron en práctica semejante despropósito.
Las figuras de Tony Garcés, Francisca y Emilio Garcés y la del íntegrísimo Juan Luis Muriel, secretario general de Medio Ambiente en la época de la inefable Isabel Tocino, se elevan heroicamente y ya, desde el documental de Salvados, para siempre, como ejemplo de dignidad humana y lucha por la justicia, frente a las miserables maniobras de miserables lacayos de la oligarquía lárgamente dominante.
Para echarse a llorar, pero de emoción.

No hay comentarios:
Publicar un comentario