lunes, 16 de noviembre de 2015

EL DESENCANTO DE LOS PANERO



Ayer vimos el documental "El Desencanto", rodado en 1976 entre Astorga y Castrillo de las Piedras (León) por Jaime Chávarri y producido por Elías Querejeta, en el que aparecen, sucesivamente y en primera persona los trágicos testimonios de las trágicas vidas de la extinta y trágica familia Panero: la madre, Felicidad Blanc (1913-1990), esposa del poeta falangista Leopoldo Panero (m. 1962 y omnipresente a lo largo de todo el metraje), y los hijos: Michi (1951-2004), Juan Luis (1942-2013) y Leopoldo María (1948-2014).

La película es el retrato de una familia acomodada de la época, culta y pudiente, decadente y en descomposición, donde la hipocresía y la apariencia, el autoritarismo y la crueldad se hacen transversales, pero en la que también se presentan la ternura soterrada, el humosr y la astracanada, la provocación y la sinceridad desprovista de aditivos. La película es también el retrato de una época y una clase social que se venía abajo, al tiempo que lo hacía el régimen que fue su caldo de cultivo, devorada por sus contradicciones.

A Leopoldo María le pudimos escuchar, hasta hace relativamente poco, en la "Tertulia de los locos" de Xavier Sardá, en su programa La Ventana de la SER, antes de que se hiciera cargo del mismo Gemma Nierga. Hablaba con la misma loca lucidez que en el documental de Querejeta, con la misma voz gangosa y sonada que entonces, con la misma sinceridad descarnada y sin concesiones, desde el sanatorio siquiátrico San Juan de Dios de Mondragón (Arrasate, Gipuzkoa), el mismo en el que Michelle Angiolillo Lombardi había asesinado, el 8 de agosto de 1897, al presidente de gobierno español Antonio Cánovas del Castillo cuando el establecimiento se regentaba como Balneario de reposo y aguas medicinales de Santa Águeda. Otro anarquista.

Para entonces, Leopoldo María ya se había convertido en representante incuestionable del malditismo poético del tardofranquismo y era ya un consagrado poeta, traductor y ensayista, miembro, desde finales de los 70, de "Los Novísimos" de José María Castellet y autor de una extensa obra aclamada por la crítica especializada desde finales de los años 80. Paralelamente, su vida había transcurrido entre la cárcel (por su activismo político de izquierdas desde antes de la muerte de Franco) y los sanatorios siquiátricos, entre la sagacidad y la demencia, entre el alcohol y todo tipo de drogas.

De alcohol y drogas hablaba abiertamente, como de una historia de amor trágica e inevitable. En 1990 publicó un estremecedor poemario dedicado por entero a la heroína.

Alcohol, drogas y enfermedad mental que acompañaron también al padre, Leopoldo, y a los otros dos hermanos, Juan Luis y Michi. El suicidio, que ninguno llegó a consumar, el humor descarnado, la sinceridad redentora, sin concesiones, de la que hacen gala madre y hermanos al enfrentarse a sus adicciones, sus relaciones personales y el ajuste de cuentas de su historia familiar, y la poesía salvaje y despiadada, única válvula de escape a la alternativa de la enfermedad siquiátrica. Y por encima de toda la familia, la figura del padre -ausente pero permanente-, su autoritarismo y su filiación con un régimen que devoró a una estirpe de clase acomodada y culta, pero en permanente decadencia y contradicción.

En ellos, la ternura se disfraza de sinceridad radical, pero el reproche se desviste de odio y el ajuste de cuentas se maneja a través de las sonrisas, el reconocimiento mutuo, la autocrítica, la búsqueda de la belleza en la tragedia existencial y en la sordidez de la vida. Y sin absolutamente ninguna concesión de índole sentimental.

Juan Luis, el más cosmopolita de los tres hermanos, viajero y vividor, también publicó un extenso poemario, Felicidad Blanc, la bellísima, la encantadora y granítica madre, un libro de memorias de aquella época: "Espejo de sombras"; y Michi, el pequeño y entrañable Michi, poeta sin obra, columnista, ensayista y vividor.

Felicidad murió en 1990. A su muerte, en 1994, el cineasta Ricardo Franco, filmó "Después de tantos años", una continuación de la reflexión de los Panero en película de Chávarri. Tras la desaparición de Felicidad, lo hicieron, de cáncer, Michi (2004) y Juan Luis (2013). El último en partir fue Leopoldo María. Se había marchado desde Mondragón al manicomio del Dr. Rafael Inglott, como él lo llamaba, en la Unidad Siquiátrica del Hospital de Las Palmas de Gran Canaria.

La vida, como decía Michi, era un error. Quizá el contacto con el tormento prolongado, buscado y rebuscado, la enfermedad mental, el coqueteo con la muerte del que presumía Juan Luis, la búsqueda de la estética en la sordidez de la que nos habla Leopoldo... sean un hipnótico y bellísimo error anterior.

La madre, recitando versos de memoria, melancólicos versos de una época ya perdida, en su expléndida y estoica lucidez, quizá fuese la antesala de tanta locura, de tanta belleza, de tanta terrible humanidad, de tanta insoportable ternura y de tanto entrañable sufrimiento.

La triste sonrisa del joven viejo Leopoldo María, la descarada timidez de Michi o la astracanada permanente e impostada de Juan Luis quizá fuesen también un insólito guiño a la vida camino de la muerte.

"La vida es mucho más lineal y sórdida de lo que queremos creer y uno se olvida siempre de la última parte de cada noche o de cada borrachera. Lo que es un error es vivir" 
Michi Panero.


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