Ayer
vimos el documental "El Desencanto", rodado en 1976 entre Astorga y
Castrillo de las Piedras (León) por Jaime Chávarri y producido por Elías
Querejeta, en el que aparecen, sucesivamente y en primera persona los trágicos
testimonios de las trágicas vidas de la extinta y trágica familia Panero: la
madre, Felicidad Blanc (1913-1990), esposa del poeta falangista Leopoldo Panero
(m. 1962 y omnipresente a lo largo de todo el metraje), y los hijos: Michi
(1951-2004), Juan Luis (1942-2013) y Leopoldo María (1948-2014).
La
película es el retrato de una familia acomodada de la época, culta y pudiente,
decadente y en descomposición, donde la hipocresía y la apariencia, el
autoritarismo y la crueldad se hacen transversales, pero en la que también se
presentan la ternura soterrada, el humosr y la astracanada, la provocación y la
sinceridad desprovista de aditivos. La película es también el retrato de una época
y una clase social que se venía abajo, al tiempo que lo hacía el régimen que
fue su caldo de cultivo, devorada por sus contradicciones.
A
Leopoldo María le pudimos escuchar, hasta hace relativamente poco, en la
"Tertulia de los locos" de Xavier Sardá, en su programa La Ventana de
la SER, antes de que se hiciera cargo del mismo Gemma Nierga. Hablaba con la
misma loca lucidez que en el documental de Querejeta, con la misma voz gangosa
y sonada que entonces, con la misma sinceridad descarnada y sin concesiones,
desde el sanatorio siquiátrico San Juan de Dios de Mondragón (Arrasate,
Gipuzkoa), el mismo en el que Michelle Angiolillo Lombardi había asesinado, el
8 de agosto de 1897, al presidente de gobierno español Antonio Cánovas del
Castillo cuando el establecimiento se regentaba como Balneario de reposo y
aguas medicinales de Santa Águeda. Otro anarquista.
Para
entonces, Leopoldo María ya se había convertido en representante incuestionable
del malditismo poético del tardofranquismo y era ya un consagrado poeta,
traductor y ensayista, miembro, desde finales de los 70, de "Los
Novísimos" de José María Castellet y autor de una extensa obra
aclamada por la crítica especializada desde finales de los años 80.
Paralelamente, su vida había transcurrido entre la cárcel (por su activismo
político de izquierdas desde antes de la muerte de Franco) y los sanatorios
siquiátricos, entre la sagacidad y la demencia, entre el alcohol y todo tipo de
drogas.
De
alcohol y drogas hablaba abiertamente, como de una historia de amor trágica e
inevitable. En 1990 publicó un estremecedor poemario dedicado por entero a la
heroína.
Alcohol,
drogas y enfermedad mental que acompañaron también al padre,
Leopoldo, y a los otros dos hermanos, Juan Luis y Michi. El suicidio, que
ninguno llegó a consumar, el humor descarnado, la sinceridad redentora, sin
concesiones, de la que hacen gala madre y hermanos al enfrentarse a sus adicciones,
sus relaciones personales y el ajuste de cuentas de su historia familiar, y la
poesía salvaje y despiadada, única válvula de escape a la alternativa de la
enfermedad siquiátrica. Y por encima de toda la familia, la figura del padre
-ausente pero permanente-, su autoritarismo y su filiación con un régimen que
devoró a una estirpe de clase acomodada y culta, pero en permanente decadencia
y contradicción.
En
ellos, la ternura se disfraza de sinceridad radical, pero el reproche se
desviste de odio y el ajuste de cuentas se maneja a través de las sonrisas, el
reconocimiento mutuo, la autocrítica, la búsqueda de la belleza en la tragedia
existencial y en la sordidez de la vida. Y sin absolutamente ninguna concesión
de índole sentimental.
Juan
Luis, el más cosmopolita de los tres hermanos, viajero y vividor, también
publicó un extenso poemario, Felicidad Blanc, la bellísima, la encantadora y
granítica madre, un libro de memorias de aquella época: "Espejo de
sombras"; y Michi, el pequeño y entrañable Michi, poeta sin obra,
columnista, ensayista y vividor.
Felicidad
murió en 1990. A su muerte, en 1994, el cineasta Ricardo Franco, filmó
"Después de tantos años", una continuación de la reflexión de los
Panero en película de Chávarri. Tras la desaparición de Felicidad, lo
hicieron, de cáncer, Michi (2004) y Juan Luis (2013). El último en partir fue
Leopoldo María. Se había marchado desde Mondragón al manicomio del Dr.
Rafael Inglott, como él lo llamaba, en la Unidad Siquiátrica del Hospital
de Las Palmas de Gran Canaria.
La
vida, como decía Michi, era un error. Quizá el contacto con el tormento prolongado,
buscado y rebuscado, la enfermedad mental, el coqueteo con la muerte del que
presumía Juan Luis, la búsqueda de la estética en la sordidez de la que nos
habla Leopoldo... sean un hipnótico y bellísimo error anterior.
La
madre, recitando versos de memoria, melancólicos versos de una época ya
perdida, en su expléndida y estoica lucidez, quizá fuese la antesala de tanta
locura, de tanta belleza, de tanta terrible humanidad, de tanta insoportable
ternura y de tanto entrañable sufrimiento.
La
triste sonrisa del joven viejo Leopoldo María, la descarada timidez de Michi o
la astracanada permanente e impostada de Juan Luis quizá fuesen también un
insólito guiño a la vida camino de la muerte.
"La vida es mucho más lineal y sórdida de lo que
queremos creer y uno se olvida siempre de la última parte de cada noche o
de cada borrachera. Lo que es un error es vivir"
Michi Panero.


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