martes, 10 de noviembre de 2015

LA ORACIÓN DE UN CINCUENTÓN


Señor, voy a cumplir 50 años.

El abismo debería abrirse ante mi. Mi tendencia al sobrepeso es directamente proporcional a la pereza que me da calzarme las zapatillas de correr. Hemos llegado a la cima hace tiempo. No ha estado mal; un esfuerzo de la leche, por decirlo todo. Sobre todo en las crestas de la adolescencia, tan lejanas a estas alturas.

Como todo, tiene ventajas e inconvenientes. Cuesta abajo uno va sobrado: puedes meter los rollos que te dé la gana y, normalmente, los jovenzuelos ¡te escuchan! (o disimulan de cine). En todo caso, te la trae al pairo. Tú a lo tuyo, martillo pilón. Por el contrario, ahora, los meniscos aguantan peor el traqueteo de las piedras, el resuello perdido vuelve en casi todos los repechos y al día siguiente te vas al spa. Porque tienes pasta y te lo puedes permitir. Ahí queda eso.

Mientras tanto, los veinteañeros, los treintañeros e incluso los cuarentones, no se enteran de la fiesta (no como tú, que a estas alturas ya eres clarividente). Están dejándose su testosterona en plena cuesta arriba, a ver quien puede más, a ver quién la tiene más grande, y sueñan con triunfos fantásticos que, normalmente, tampoco llegarán. No todos, claro, pero muchos son tan felices que caminan en línea recta, sin sortear los obstáculos, atravesándolos directamente, con una sonrisa de oreja a oreja. Para ellos son los tiempos del “no me entero de nada pero quiero un Golf GTI. GTI y rojo”.

Y al mismo tiempo, tú, con tus cincuenta alrededor del ombligo, te haces más cínico, más descreído. Te importan otras cosas (especialmente aquellas que no se logran con el cuerpo). Aunque, ojo, sigues siendo un máquina y piensas morir con las botas puestas (el año que viene te apuntas a la Behobia y sin despeinarte. Bueno, ya veremos).

Curiosamente, también te gustan determinados traseros, a poder ser grandes (apretados en el caso femenino, creo). El asunto no va mucho más lejos, porque simultáneamente tu cerebro trabaja para traerte a colación la fábula de la zorra y las uvas: ¡Están verdes!. Maldito Esopo. Y una pastillita azul que revolotea entre tus ensoñaciones. Todo un campeón.

Así las cosas, comienzas a diversificar tus intereses: ahora te gusta más leer, nadar a tu ritmo, en soledad, estar sólo, en silencio o marcarte un Hommer Simpson de vez en cuando (sofá, cerveza, etcétera). También te gusta pasear con ella, en tranquila compañía, retomar las viejas amistades, perdonarles cosas que juraste no perdonarles -ser compasivo en definitiva, porque tú también necesitas ser compadecido-, charlar de poesía, sin pedantería (si es que ello es posible), o de filosofía, o de la trascendencia… o de la vida misma.

Claro que meterse en este jardín a los cincuenta significa que se te revienta la fe carbonera de tu primera juventud y ahí te las compongas, entre el cero y el infinito, tratando de casar el pensamiento racional y tu cinismo creciente, con tu presencia, Señor, tan y tantas veces difuminada. Quizás ahora, más difuminada que nunca. Crisis de fe, le llaman. Lo típico. Pero en medio de la melopea, cuatro blasfemias que ahora sueltas ya sin pudor, el pensamiento existencial-racional-empírico-de vuelta de todo (pack completo), una llorera y un perder el pie, el mismo run-run de siempre que por detrás (o por algún lugar adimensional) te dice: “no todo está perdido: sigue buscando pedazo de bruto”.

Con veinte, con treinta, eras un idiota triunfador que se comía el mundo y se la pegaba contra la misma piedra una y otra y otra vez, sacando pecho y disimulando el dolor que los golpes dejaban en el cuerpo, en el alma y en el corazón. “Mira la ceja que me acabo de partir, soy the fucking master of the universe”.

Con cincuenta somos igual de idiotas, pero ya no sentimos el dolor en el alma -nos damos un golpe en la espinilla y aullamos como si Saturno nos estuviera devorando- porque la tenemos en barbecho, cuestionada, y porque, sinceramente, Señor, ya sabemos que somos idiotas. E incluso, hemos llegado a descubrir que esa idiotez congénita es nuestra única y verdadera vía de conocimiento: lo que no sabemos y, ahora sí, queremos saber.
A decir verdad, es un descubrimiento que no se le puede pedir a todo el mundo. Los idiotas al cuadrado mueren felices directamente, saltándose el paso anterior.

Eso, o dejarnos absorber por el Misterio (gracias Javier Cortés).

Así que, como el cuerpo no nos sigue al ritmo que nos gustaría, muchas veces sacamos el corazón a pasear y, salvo que seas Hugh Hefner o Karl Lagerfeld, nos hacemos más sobrios[1], más tolerantes (¡ejem!) y, algunos incluso, más cariñosos.

Y más condescendientes, porque tomamos conciencia de nuestra finitud. De todos esos proyectos que ya no van a poder ser, de todos esos lugares que no vamos a conocer, de la cantidad de libros que nos van a quedar por leer (incluso si nos hemos leído el Ulises en un acto de autoafirmación tipo: “por mis pelotas”), de la cantidad de ellos que va a ser que no…

El abismo debería abrirse ante mi. Los miedos afloran constantemente: la fragilidad de la vida, el naufragio de la cosmovisión teológica que por años nos ha sostenido, las pérdidas irremediables, el dolor, el del alma y el del cuerpo y al final de la dulce bajada, la parca esperando junto al manantial.

¿He dicho “cosmovisión teológica”?

Ni me imagino lo que tiene que ser la sesentena y más allá.

Pero Tú, Señor, estás ahí, entre Tú y yo, conmigo, creo que en lo recóndito de mi ser, de mi corazón, como repetíamos hace ya tanto en el viejo salmo, insuflando una esperanza que trasciende la tragedia de la vida, la naranja que nos comemos cuando ya no nos dan los pulmones para remontar la loma del fondo. Tú, el Único, el que lo llena todo, el que nos hace ser, el que nos abraza en la oscuridad absoluta con un amor infinito. Una naranja en el campo de amapolas.

Tú, Señor, si es que existes.

Y sólo por eso repito, aferrándome a un clavo ardiendo: “creo en ti, confío en ti, te amo”. Porque tu mensaje sigue siendo profundamente liberador y su experiencia, su presencia hecha vida en mi vida, la única y paradójica certeza. Jesús, El Evangelio, la buena nueva. Lo que tú me digas.


Así que, volvieron a llamar al hombre que había sido ciego, y dijéronle: Da gloria a Dios: nosotros sabemos que este hombre (por Jesús) es pecador.
Entonces él respondió, y dijo: Si es pecador, no lo sé: una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.
(Jn 9, 24-25) 
 
Señor, creo en ti, confío en ti, te amo.


“Ser cristiano no consiste en entrar –para quedarse- en un determinado edificio teológico, por muy bien construido que esté, o por muy sólido que sea. Ser cristiano significa decir sí a Jesús y al estilo de vida que él nos propuso mediante su práctica cotidiana. A partir de ese “sí”, y en el proceso de caminar siguiendo la justicia y la misericordia, vendrá el encuentro con lo transcendente, con lo que no entendemos, con lo que sólo intuimos… el encuentro con el Dios, padre de Jesús.

(Ignacio Simal Camps)

 Padre nuestro


[1] Pienso en algunos nombres de nuestro elenco político patrio y se me desmonta el discurso de arriba abajo. Ya perdonaréis.

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