El argumento es el siguiente: un colgado americano, ex-investigador de la CIA en cuestión de explosivos y converso al Islam (qué verosímil), fabrica en su casa tres bombas atómicas (qué verosímil) y las esconde en tres ciudades distintas de EEUU para hacerlas estallar sincronizadamente si el gobierno americano no cambia su política imperialista en Oriente Medio. Entonces se entrega (qué verosímil) y queda en manos de un agente secreto veterano de guerra y experto en torturas que se tortura a sí mismo por ser un torturador. Pero él lo hace porque persigue un bien mayor, cual es la salvación de los 9 millones de almas que, calcula, se pueden llevar por delante los petardos del zumbado.
La peli es tramposa.
Plantea una situación imposible para desplegar la teoría, por tierra,
mar y aire, de que la tortura es, desgraciadamente y en determinadas
situaciones, inevitable. El catálogo de situaciones lo decidirá la autoridad competente. De momento preparemos a las masas para que no entren en estado de shock.
Y qué decir de esa hipocresía disfrazada de aparente dilema moral que hace sufrir tanto a unos protagonistas que, a la postre, pueden llegar a comportarse como témpanos de hielo cuando ven plenamente justificado, por necesario, el recurso a infligir un dolor bajo control, desplegando entonces, inmunizados, todo el catálogo de barbaridades inimaginables. En algún sitio habían aprendido antes...
El recurso a la tortura debería ser siempre una línea roja infranqueable. Plantear situaciones cinematográficamente límite es una trampa para suavizar y relativizar la convicción de que se trata de una barbaridad inadmisible para el ser humano.
Este, de nuevo, se convierte en un lobo para el hombre.
Y qué decir de esa hipocresía disfrazada de aparente dilema moral que hace sufrir tanto a unos protagonistas que, a la postre, pueden llegar a comportarse como témpanos de hielo cuando ven plenamente justificado, por necesario, el recurso a infligir un dolor bajo control, desplegando entonces, inmunizados, todo el catálogo de barbaridades inimaginables. En algún sitio habían aprendido antes...
El recurso a la tortura debería ser siempre una línea roja infranqueable. Plantear situaciones cinematográficamente límite es una trampa para suavizar y relativizar la convicción de que se trata de una barbaridad inadmisible para el ser humano.
Este, de nuevo, se convierte en un lobo para el hombre.
Se trata de propaganda 2.0.

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