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miércoles, 11 de noviembre de 2015

JÁNOVAS Y LA LLUVIA AMARILLA

Desde hace más de una década, pasamos, todos los veranos, una semana o dos en el pueblecito pirenaico de Fiscal, a los pies del parque Nacional de Ordesa y del Sobrepuerto, el lugar de Ainielle, el pueblo que inmortalizara Julio Llamazares en La Lluvia Amarilla, ese amargo y bellísimo retrato de la desaparición del mundo rural.

Jánovas se encuentra justo en dirección contraria, pero en el mismo valle, el del río Ara. El Ara es el último río virgen de la piel de Toro, desde su nacedero hasta su desembocadura en el río Gállego, a la altura la medieval Ainsa.

Pero esta característica singular estuvo a punto de desaparecer en 1961, cuando el decadente régimen franquista se empeñó, en plena época de lo que se ha conocido después como el Desarrollismo, en inaugurar infraestructura tras infraestructura, singularmente pantanos, para dar satisfacción a la oligarquía dominante de la época: la gran empresa. Iberduero (luego Iberdrola, ahora Endesa), por ejemplo.

Así, en la bellísima cerrada de Jánovas, con su flysch a la vista y su hermoso río recorriendo el fondo del cañón, los ingenieros del Régimen vieron la estructura perfecta para un presa imperfecta, una presa que nunca se hizo porque nunca hubiera podido hacerse ahí, según dictan los informes medioambientales que impusieron a la postre la racionalidad. Aquellos pigmeos mentales soñaron una estúpida e imposible infraestructura y la entrada de unos miles de kilowatios a sus cuentas corrientes a costa de los vecinos del apacible y pacífico pueblito colindante.

Y los vecinos, de manos encallecidas y rostros curtidos al sol, dijeron no.

El documental que presentó Jordi Evole el día pasado en Salvados, recupera la trágedia de la expropiación mafiosa de aquel pueblo, de su destrucción y la represión que se ejerció contra aquellos hombres y mujeres sencillos; recupera y descubre la vergüenza que, aun hoy en día arrastra Endesa, o como se llame la compañía vampírica cuyo cuasi monopolio seguimos sufriendo muchos ciudadanos de este país y que continúa cobrando cantidades millonarias a los vecinos que quieren revertir sus propiedades y volver al pueblo, así, con dos cojones.

Endesa, que declinó la invitación para aparecer en el documental.

Un documental que es también un canto emocionado a la dignidad humana, a la humanidad de las gentes de corazón sencillo, a la resistencia tenaz ante la injusticia y a la dignidad por encima de cualquier otra consideración. Es un canto emocionado y emocionante a lo mejor del ser humano... puesto en contraste con la miseria abyecta de quienes perjeñaron, planificaron y pusieron en práctica semejante despropósito.

Las figuras de Tony Garcés, Francisca y Emilio Garcés y la del íntegrísimo Juan Luis Muriel, secretario general de Medio Ambiente en la época de la inefable Isabel Tocino, se elevan heroicamente y ya, desde el documental de Salvados, para siempre, como ejemplo de dignidad humana y lucha por la justicia, frente a las miserables maniobras de miserables lacayos de la oligarquía lárgamente dominante. 

Para echarse a llorar, pero de emoción.

miércoles, 4 de febrero de 2015

CUENTAS PENDIENTES

He visto hoy la película La Conspiración del Silencio, que me ha parecido muy interesante, no tanto desde el punto de vista formal como desde la temática abordada: la necesidad de expiación de la culpa del pueblo alemán tras la IIGM para su redención y reconstrucción moral. El argumento aborda el momento de la gestación de los juicios de Frankfurt contra los responsables de los crímenes cometidos en Auschwitz durante la guerra, asunto en el que tuvo un papel protagonista y clarividente el fiscal Fritz Bauer, de origen judío. En este sentido, siempre he tenido la sensación de que Alemania (ni Japón) no puede considerarse a sí misma, aun en la contemporaneidad, como un estado equiparable al resto de los estados, como un país con voz y voto normalizados en el panorama internacional. La profunda influencia transversal que el nazismo, con el holocausto y los millones de muertos, heridos, desplazados y empobrecidos, tuvo en el conjunto de la sociedad alemana, deberá bastar para lastrar a ésta durante generaciones, le guste o le deje de gustar. Baste decir que la pertenencia al partido nazi era condición para la permanencia en instituciones básicas como la judicatura o la policía y, así, tras la debacle del régimen no ha tenido lugar proceso alguno contra los primeros y, en cuanto a la policía, en 1948, por ejemplo, el 56% de los altos funcionarios de Rensnia-Westfalia procedían de la NSDAP. Hasta 1952 se siguió considerando a Claus Von Stauffenberg, principal conspirador en el atentado de 1944 contra Hitler en la Guarida del Lobo, como "traidor a la patria" y, en consecuencia, negándose a su esposa la pensión de viudedad y más del 90% de los antiguos miembros de las SS ni siquiera llegaron a ser juzgados. No hubo entonces desnazificación y fueron precisamente los ex-nazis, ayudados por una administración aliada que enseguida puso el punto de mira en el comunismo como enemigo principal, quienes ayudaron a levantar la actual Alemania conservadora, democrática y capitalista, según afirma el politólogo y sociólogo Ossip K. Fletchheim. El rearme moral, la redención de Alemania no se produjo entonces porque era materialmente imposible. Ni se ha producido todavía. Solo el logro del fiscal Bauer de llevar a juicio a los responsables de Auschwitz y, más tarde, los movimientos juveniles revolucionarios de 1968, pusieron un poco de racionalidad a la hora de corregir el rumbo del barco alemán hacia el norte de la redención. Sin embargo, de la misma manera que hubo una generación culpable por acción u omisión, por pertenencia o seguidismo al/ del nazismo, y debido a que los tiempos históricos no se miden con los mismos parámetros que los tiempos de los hombres, tambiėn el estado alemán arrastra una responsabilidad colectiva que trasciende al lapso de tiempo en el que vive una sola generación. Por esta razón, el protagonista de nuestra película, un joven fiscal a las órdenes de Bauer, nacido en 1930, siente una profunda responsabilidad moral y una profunda turbación a la hora de afrontar el problema de la culpa heredada, en especial cuando descubre que su padre, el hombre recto y honesto al que tanto admiraba, tambiėn había sido miembro del partido nazi. Que los alemanes -que en virtud de las condiciones de reconstrucción de su país, derivadas del Plan Marshall, consiguieron una condonación de hasta el 60% de la deuda generada por dicha reconstrucción- pretendan erigirse ahora en árbitros y garantes de la adaptación económica de la UE al contexto de la actual crisis económica, no es solo sarcástico, sino inadmisible, aunque solo sea desde el punto de vista de su legitimidad moral; todavía han de ver nuestros ojos desfilar por el escenario de la historia unas cuantas generaciones de descendientes de tamaña irresponsabilidad.