Estoy pensando en el ministro Wert y la nueva ley de educación o reforma
educativa o como quiera que se llame al golpe encima de la mesa que ha
dado el PP en esta materia. Lo primero que se me ocurre es que en este
país, a diferencia de otros de nuestro entorno, no existe un partido de
extrema derecha, lo que viene a ser muy curioso dado que Francisco
Franco podía llegar a reunir a un millón de personas
en la plaza de Oriente dispuestas a escucharle con atención, fervor e
incondicionalidad. Pero ellos o sus descendientes ideológicos se
esconden en algún sitio. El PP es uno de esos lugares-no el único- y si
Wert hubiera vivido su esplendor profesional en aquellos años de la
dictadura, hubiera hecho lo posible por mandar con Él, junto a Él. La
nueva ley huele a rancio e interesado aroma predemocrático. A mi me
huele así, al menos.
Pero además, me parece que hay un aspecto
concreto de la ley, la enseñanza de la religión, que viene a tergiversar
y envilecer un debate pendiente sobre el particular que debería
afrontarse sin los prejuiciosos condicionantes con los que viene
anunciado. Porque yo creo que esta enseñanza sí es necesaria.
El hecho religioso es tan importante y determinante, para bien o para
mal, que merece una atención curricular, como lo merece cualquier otra
materia del cuerpo educativo. No hace falta entrar en el alcance de esta
presencia, ni siquiera en su comparación con las demás materias, para
entender que sin ella se produciría una carencia de conceptos que
dejaría sin explicación muchos de los comportamientos individuales y
colectivos que tienen su origen en una herencia cultural -la nuestra o
la de cualquier otro lugar- profundamente enraizada en él.
Así
pues, al menos desde un punto de vista antropológico y ético, la
garantía de su conocimiento y, en nuestro caso particular, del
conocimiento concreto del hecho religioso cristiano -pero no sólo-,
ofrece claves de interpretación de la realidad que de otra manera
quedarían fuera del alcance de las generaciones futuras. Su comprensión
incluye, por supuesto, la explicación de los diferentes posicionamientos
del ser humano ante este asunto, es decir, las diferentes posturas
creyentes, teístas o no teístas, monoteístas o politeístas,
confesionales o aconfesionales, etc., pero también las diversas formas
de agnosticismo y, en el otro lado del abanico, ateísmo como negación de
la trascendencia.
Cosa diferente es el planteamiento
interesado de las jerarquías católica y política de la derecha
gobernante, que por principios de orden instrumental pretenden, ya que
el Tajo pasa por Pisuerga, hacer proselitismo con este asunto. Es una
oportunidad de evangelizar, dicen los obispos; es una postura coherente
con los principios esgrimidos por Ana Botella, alcaldesa de Madrid,
cercana a los Legionarios de Cristo, en su primer discurso sobre el
estado de la ciudad: "nosotros somos ante todo Grecia, Roma,
cristianismo y Europa", dicen los políticos.
Pues bien, esta
instrumentalización de la enseñanza de la religión resulta inaceptable,
porque prostituye los fines que deberían presidir las políticas
educativas en un estado laico y aconfesional como pretende ser el
nuestro. Si alguien quiere catequesis que la busque en el ámbito
privado, que es, paradójicamente, el ámbito en el que este conflicto de
intereses tiene su salida más digna y justa. Porque lo demás no es
servir a Dios, como pudiera parecer, sino servir al dinero. Al dinero y
al poder como elementos de control de la sociedad, de las personas. Y de
este modo, se convierte en un acto de suprema hipocresía, en un acto
inaceptable desde un punto de vista ético, incluso -y especialmente-
para los cristianos y personas de buena fe.