lunes, 20 de mayo de 2013

INSTRUMENTALIZACIÓN INACEPTABLE

Estoy pensando en el ministro Wert y la nueva ley de educación o reforma educativa o como quiera que se llame al golpe encima de la mesa que ha dado el PP en esta materia. Lo primero que se me ocurre es que en este país, a diferencia de otros de nuestro entorno, no existe un partido de extrema derecha, lo que viene a ser muy curioso dado que Francisco Franco podía llegar a reunir a un millón de personas en la plaza de Oriente dispuestas a escucharle con atención, fervor e incondicionalidad. Pero ellos o sus descendientes ideológicos se esconden en algún sitio. El PP es uno de esos lugares-no el único- y si Wert hubiera vivido su esplendor profesional en aquellos años de la dictadura, hubiera hecho lo posible por mandar con Él, junto a Él. La nueva ley huele a rancio e interesado aroma predemocrático. A mi me huele así, al menos.

Pero además, me parece que hay un aspecto concreto de la ley, la enseñanza de la religión, que viene a tergiversar y envilecer un debate pendiente sobre el particular que debería afrontarse sin los prejuiciosos condicionantes con los que viene anunciado. Porque yo creo que esta enseñanza sí es necesaria.

El hecho religioso es tan importante y determinante, para bien o para mal, que merece una atención curricular, como lo merece cualquier otra materia del cuerpo educativo. No hace falta entrar en el alcance de esta presencia, ni siquiera en su comparación con las demás materias, para entender que sin ella se produciría una carencia de conceptos que dejaría sin explicación muchos de los comportamientos individuales y colectivos que tienen su origen en una herencia cultural -la nuestra o la de cualquier otro lugar- profundamente enraizada en él.

Así pues, al menos desde un punto de vista antropológico y ético, la garantía de su conocimiento y, en nuestro caso particular, del conocimiento concreto del hecho religioso cristiano -pero no sólo-, ofrece claves de interpretación de la realidad que de otra manera quedarían fuera del alcance de las generaciones futuras. Su comprensión incluye, por supuesto, la explicación de los diferentes posicionamientos del ser humano ante este asunto, es decir, las diferentes posturas creyentes, teístas o no teístas, monoteístas o politeístas, confesionales o aconfesionales, etc., pero también las diversas formas de agnosticismo y, en el otro lado del abanico, ateísmo como negación de la trascendencia.

Cosa diferente es el planteamiento interesado de las jerarquías católica y política de la derecha gobernante, que por principios de orden instrumental pretenden, ya que el Tajo pasa por Pisuerga, hacer proselitismo con este asunto. Es una oportunidad de evangelizar, dicen los obispos; es una postura coherente con los principios esgrimidos por Ana Botella, alcaldesa de Madrid, cercana a los Legionarios de Cristo, en su primer discurso sobre el estado de la ciudad: "nosotros somos ante todo Grecia, Roma, cristianismo y Europa", dicen los políticos.

Pues bien, esta instrumentalización de la enseñanza de la religión resulta inaceptable, porque prostituye los fines que deberían presidir las políticas educativas en un estado laico y aconfesional como pretende ser el nuestro. Si alguien quiere catequesis que la busque en el ámbito privado, que es, paradójicamente, el ámbito en el que este conflicto de intereses tiene su salida más digna y justa. Porque lo demás no es servir a Dios, como pudiera parecer, sino servir al dinero. Al dinero y al poder como elementos de control de la sociedad, de las personas. Y de este modo, se convierte en un acto de suprema hipocresía, en un acto inaceptable desde un punto de vista ético, incluso -y especialmente- para los cristianos y personas de buena fe.

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