He visto hoy la película La Conspiración del Silencio, que me ha
parecido muy interesante, no tanto desde el punto de vista formal como
desde la temática abordada: la necesidad de expiación de la culpa del
pueblo alemán tras la IIGM para su redención y reconstrucción moral. El
argumento aborda el momento de la gestación de los juicios de Frankfurt
contra los responsables de los crímenes cometidos en Auschwitz durante
la guerra, asunto en el que tuvo un papel protagonista y clarividente el
fiscal Fritz Bauer, de origen judío. En este sentido, siempre he tenido
la sensación de que Alemania (ni Japón) no puede considerarse a sí
misma, aun en la contemporaneidad, como un estado equiparable al resto
de los estados, como un país con voz y voto normalizados en el panorama
internacional. La profunda influencia transversal que el nazismo, con el
holocausto y los millones de muertos, heridos, desplazados y
empobrecidos, tuvo en el conjunto de la sociedad alemana, deberá bastar
para lastrar a ésta durante generaciones, le guste o le deje de gustar.
Baste decir que la pertenencia al partido nazi era condición para la
permanencia en instituciones básicas como la judicatura o la policía y,
así, tras la debacle del régimen no ha tenido lugar proceso alguno
contra los primeros y, en cuanto a la policía, en 1948, por ejemplo, el
56% de los altos funcionarios de Rensnia-Westfalia procedían de la
NSDAP. Hasta 1952 se siguió considerando a Claus Von Stauffenberg,
principal conspirador en el atentado de 1944 contra Hitler en la Guarida
del Lobo, como "traidor a la patria" y, en consecuencia, negándose a su
esposa la pensión de viudedad y más del 90% de los antiguos miembros de
las SS ni siquiera llegaron a ser juzgados. No hubo entonces
desnazificación y fueron precisamente los ex-nazis, ayudados por una
administración aliada que enseguida puso el punto de mira en el
comunismo como enemigo principal, quienes ayudaron a levantar la actual
Alemania conservadora, democrática y capitalista, según afirma el
politólogo y sociólogo Ossip K. Fletchheim. El rearme moral, la
redención de Alemania no se produjo entonces porque era materialmente
imposible. Ni se ha producido todavía. Solo el logro del fiscal Bauer de
llevar a juicio a los responsables de Auschwitz y, más tarde, los
movimientos juveniles revolucionarios de 1968, pusieron un poco de
racionalidad a la hora de corregir el rumbo del barco alemán hacia el
norte de la redención. Sin embargo, de la misma manera que hubo una
generación culpable por acción u omisión, por pertenencia o seguidismo
al/ del nazismo, y debido a que los tiempos históricos no se miden con
los mismos parámetros que los tiempos de los hombres, tambiėn el estado
alemán arrastra una responsabilidad colectiva que trasciende al lapso de
tiempo en el que vive una sola generación. Por esta razón, el
protagonista de nuestra película, un joven fiscal a las órdenes de
Bauer, nacido en 1930, siente una profunda responsabilidad moral y una
profunda turbación a la hora de afrontar el problema de la culpa
heredada, en especial cuando descubre que su padre, el hombre recto y
honesto al que tanto admiraba, tambiėn había sido miembro del partido
nazi. Que los alemanes -que en virtud de las condiciones de
reconstrucción de su país, derivadas del Plan Marshall, consiguieron una
condonación de hasta el 60% de la deuda generada por dicha
reconstrucción- pretendan erigirse ahora en árbitros y garantes de la
adaptación económica de la UE al contexto de la actual crisis económica,
no es solo sarcástico, sino inadmisible, aunque solo sea desde el punto
de vista de su legitimidad moral; todavía han de ver nuestros ojos
desfilar por el escenario de la historia unas cuantas generaciones de
descendientes de tamaña irresponsabilidad.