Me acaba de llamar mi querida suegra, 94 años y con la cabeza
perfecta. Ahora que estoy con esta baja tan engorrosa (me caí en una
zanja y me lesioné la rodilla, nada especialmente grave), me llama todos
los días para preguntarme qué tal me va. Cada día.
Creo que
nosotros, jovenzuelos, en nuestra vorágine cotidiana de "gente muy
ocupada", no llegamos a ser conscientes de todo el cariño y amor
desinteresado que ponen en juego nuestros mayores que, cuando envejecen
como es debido, dan lo mejor de sí
mismos gratis y de corazón, mientras que frecuentemente reciben de
nosotros cariñosos reproches y estúpidas miradas de conmiseración.
¡Cuántas veces tendremos que pedirles perdón, un perdón que ni se les
pasa por su imaginación solicitar!. Si nos parásemos un minuto a
fijarnos en lo evidente... ¡Dios mío, qué precioso regalo!¡cada día!
Querida Conchita, va por ti. Te quiero mucho.

No hay comentarios:
Publicar un comentario