Estoy pensando, entre la perplejidad y la complicidad, que algo nuevo
tiene que haber en el mensaje de Francisco para que merezca el espacio
mediático que le están dedicando medios como la Ser, por ejemplo, con
tramos enteros de tertulia y apertura de informativos.
Y me
hace gracia que se diga, desde sectores de la iglesia recalcitrante que
ha tenido la sartén por el mango hasta que a Ratzinger se le inflaron las narices y dijo hasta luego Lucas, que "lo que dice el Papa no es nada nuevo que no se haya dicho antes".
Ocurre que hacía falta alguien que lo dijera en voz alta, alguien que
dijera las verdades del barquero, sin medias tintas, con palabras y con
hechos. Así que Francisco, arremangándose, está haciendo lo que para
muchos de nosotros eran cosas de puro sentido común pero que la Iglesia,
sabiéndolas, las despreciaba disimuladamente por inoportunas, porque
las exigencias de humildad y servicio son muy inconvenientes en la
soberbia de la lucha por el poder y en las miserables aspiraciones
humanas. Aspiraciones de las que, por cierto, nadie es ajeno, ni los
obispos y jerarcas de la iglesia, ni el papa, ni nosotros mismos.
Espero que la Iglesia española, por empezar por casa y después de
limpiarse los oídos, trate con más cariño y respeto a los hormonados
adolescentes, a las parejas peleonas, a las madres solteras y a las que
no llegaron a serlo, a las minorías sufrientes y al resto de los
dolientes hijos de Dios que, desde lo que le ha tocado vivir a cada uno,
se esfuerza honestamente y con denuedo por comprender la Creación.
Y, ya puestos, que empiece por pagar el IVA, el IBI y hasta los cafés y
continue dando pasos sin descanso en esta purificadora y reconciliadora
dirección.
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