Escribo sobre la tamborrada 2016 y deslizó un "maldita capitalidad". Me cae la del pulpo en casa y fuera de casa por mis explícitas y nada fundamentadas críticas. ¿A qué viene esa enmienda a la totalidad desde el juicio puntual a uno, el primero, de sus eventos?¿no podrías hacer crítica constructiva sin necesidad de cargarte el esfuerzo en su conjunto?¿qué necesidad tan visceral te mueve a ser tan aceradamente cenizo y cascarrabias, tan frívolo e injusto a la vez?
Un mal día lo tiene
cualquiera, así que voy a hacer dos cosas: rectificar y dar motivo de mi
crítica.
En cuanto a lo
primero, reconocer que es posible que la Capitalidad Cultural Donostia 2016
llegue a ser fructífera e interesante vista globalmente -dejo claro, más abajo
(espero), que ya lo son muchos de los actos programados-. Y de paso, que yo
esté equivocado.
A favor de ello
debería reconocer, para empezar, que no tengo una idea nítida de cómo debe de
ser la promoción cultural de un espacio social y que más bien albergo
"vagas intuiciones" de lo que creo que no debería ser. No es mucho,
pero es algo. No creo que sea solo destruir sin construir.
En cuanto a lo
segundo, tengo mis dudas. Allá voy.
Dudas no porque el
nombre me parezca un mal augurio para la comprensión que se pretende de la
ciudadanía (DSS2016EU), descifrable solo para iniciados; no porque el programa
requiera de ocho páginas de explicaciones fárragosas y de un mapa de lectura ininteligible;
no porque el barullo, la indefinición y la improvisación hayan campado por sus
respetos y el desencuentro con luz y taquígrafos haya hecho su aparición en
diversas ocasiones; no por las ocurrencias que han ido floreciendo aquí y allí
sin un hilo conductor de fácil e intuitiva comprensión; no sólo por el
ombliguismo que supuran algunas de las propuestas; y tampoco por el esnobismo
hortera con el que se revisten otras, ni por la inevitable inclusión de la
tamborrada o la gastronomía como eventos culturales identitarios
sobredimensionados. No.
Tampoco por lo
programado, entre lo cual, en caótico batiburrillo de eventos de todo tipo,
encontramos propuestas de interés y oportunidades inigualables para el disfrute
de los sentidos, que solo faltaba. Se acaba de inaugurar, por ejemplo, la
magnífica retrospectiva dedicada al grupo Gaur, Konstelazioak (especialmente interesante en las 68 piezas que
configuran su primera parte, aunque, por otro lado, no deje de ser "más de
lo mismo" y algo diré a continuación al respecto) y ya nos anuncian una
impresionante Tratados de paz con 300
obras relevantes de 21 museos distintos. Cine, teatro, música, danza,
literatura, cómic, charlas, paseos, encuentros... y gastronomía (cómo no).
Quizá la propuesta de
contenidos albergue los mejores argumentos para tachar de injustos los míos.
En todo caso, mi enmienda pretende cobrar sentido desde
un punto de vista más conceptual. Se dirige al concepto mismo de esta capitalidad, a su filosofía,
génesis y objetivos. Es el conjunto lo que se cuestiona. Por dirigista y a la
vez tramposo, especialmente por pretender ser fruto de la ciudadanía.
Porque si cultura es,
en un intento de definición entre los muchos posibles, el conjunto de
ideologías, costumbres, lenguajes, formas de comportamiento, etc. que tiene un
individuo dentro del grupo social al que pertenece y trasmitida por la sociedad
circundante, lo importante es saber cuáles son los agentes de esta sociedad
circundante que se encargan de transmitirla.
¿Surge la cultura
desde abajo, desde lo popular y alternativo, desde una ciudadanía activa y
liberada o es implementada desde arriba, desde una oficialidad elitista que
ejerce su poder uniformizador?¿Se transmite desde Kortxoenea o desde la Fundación
Kursaal?¿La generan los vecinos desde sus asociaciones de barrio o se genera
desde la sede de la capitalidad en la calle Easo?
Tengo dudas, pero casi
ninguna de que en DSS2016EU estamos hablando de cultura oficial disfrazada de
participación ciudadana, de "olas de energía ciudadana", de
"cultura para la convivencia" y todo ese rollo. De un “proyecto transversal”, “participado
por los donostiarras en su conjunto”, “con el protagonismo de la gente en el
foco del asunto”, “con vocación transformadora”, blablablá.
Esos parecen ser los
deseos, los objetivos que se esgrimen en folletos, declaraciones y presentaciones. Cultura para el pueblo, participada
por el pueblo, pero ¿generada por el pueblo? Hay algo que chirría en este
asunto. Los buenos deseos parecen tornarse en justificaciones que a su vez se
topan de bruces con la realidad, con un conocimiento del proyecto que si de
alguna manera fomenta la participación de la gente, lo hace básicamente en un
sentido semanagrandista. De fuegos y
helado. Los niños responden entre risas "ni idea", cuando se les
pregunta y los mayores más enterados avanzan que será "una gran
oportunidad para la ciudad y para el turismo, con un montón de cosas".
Y si es así, para este
viaje no hacen falta alforjas. Tiremos de fondo de armario. La inauguración de
luz y sonido de 660.000€; el hacer cantar a 50.000 personas nuestro penúltimo
hallazgo identitario-cultural, el Baga biga higa de Mikel Laboa (nadie recuerda
ya que son dos poemas de Manuel Lecuona); la barroquización de la tamborrada,
desdibujada entre coros y danzas o en la playa, fuera de contexto; Kresala, el
Orfeón Donostiarra, aizkolaris y soka-tira, Chillida, Oteiza, Zumeta, Balerdi;
los inevitables: Kutxa, la Real Sociedad y El Diario Vasco (que nos
regala la bandera oficial de la capitalidad y oculta el fiasco de la ceremonia
inaugural); los patrocinios (muchos menos de los esperados); Tabacalera (magnífico edificio,
magníficos espacios, ¿magníficas intenciones?); el congreso de las lenguas
minoritarias (y otras iniciativas complementarias), con un "muelle"
para él sólo, el 284+, y que adquiere una presencia abrumadora y
desproporcionada; el esnobismo rampante de lo cool y lo hipster hecho
realidad en las diferentes presentaciones y ceremonias que sirven de
retroalimento para nuestras élites en la onda... En este panorama sólo se echa
en falta, por edad y salud, o como excepción que confirme la regla, a Juan Mari
Arzak.
Y tiremos también de
los supuestos objetivos: paz y convivencia, diálogo, ciudadanía, cambio y
tolerancia, Olatu Talka, olas de participación,
faros y muelles. Ya tenemos el traje. El corsé.
Un corsé paradójico barnizado
de ciudadanatis, disfraz de creación
comunitaria y corresponsabilización, que oculta un dirigismo oficialista. Cultura
oficial que ocupa el papel generador que debería tener el conjunto de los
donostiarras ¿Un esfuerzo pedagógico, un impulso, un ánimo, un estímulo?
Cultura por decreto. Prostitución de la cultura. Una usurpación. Un juego de tronos.
El giro perverso de otra perversión.
Y mientras tanto, Chillida Leku cerrado, vetado a los particulares.
Y el Peine de los Vientos -un
sinigual espacio público, concebido precisamente por Eduardo Chillida como
plaza pública, lugar de encuentro, en el que suavizar, peinar los desencuentros y los vientos
de la discordia- cerrado desde hace ocho meses y con la previsión de no ser
abierto antes de verano. Y una ceremonia inaugural en la que no se entiende ni
jota y que no se ve, literalmente, desde el lugar propuesto por la organización
(las únicas que tenían una visión de conjunto eran, como no podía ser de otra
manera, las autoridades que ocupaban la magnífica terraza de Tabacalera). Una ceremonia encargada a
un tal Hänsel Cerezo (lo más) y en la que, según la opinión más extendida, se
echó en falta "una buena traca final de fuegos artificiales" (¡Caballer,
socorrenos!). Y las redes sociales echando humo. Empezamos bien.
De este modo, mientras
que en Edimburgo, el Fringe o
festival paralelo, surge como alternativa al oficial y adquiere tal dimensión
que acaba fagocitándolo, aquí recorremos el camino contrario: "ahora
niños, coged un papel y dibujad un elefante. Que cada uno lo haga como quiera.
Aquí tenéis lápices de colores y tiempo hasta la hora del recreo y luego podréis
salir un rato al patio. Pero no hagáis mucho ruido, que los mayores estamos
trabajando". Y así nos sale un Olatu
Talka, con “ciudadanía protagonista e implicada en la generación de
cambios”.
Porque la oficialidad
trata de apropiarse de la alteridad siempre. No ceja en el empeño de fagocitar
a los creadores, que sucumben a los cantos de sirena para hacerse peligrosamente
cómplices e involuntarios policías políticos de este discurso. Desaparece la
independencia creadora y se conforma un universo dirigido y avalado por quienes
deberían reivindicar su libertad y falta de ataduras. Se toca el piano impecablemente,
pero ¿para qué? Y así, mientras se habla de que se promociona la cultura como
arma de transformación social, se maltrata, se humilla a los creadores. No se genera
base transformadora. La gente se tiene que buscar la vida y si sobran algunas
migajas de la tarta, pues mira qué suerte. Y si un proyecto verdaderamente participativo
se cae de la fiesta es que no tiene cabida.
El reconocido artista
y fotógrafo donostiarra, residente en Berlín, R.O., presenta 365 retratos de
ciudadanos donostiarras en telas de gran formato, para colgar en la plaza de
Zuloaga durante 24 horas cada uno, a lo largo de toda la capitalidad e
incluyendo una breve leyenda con reflexiones de los retratados a propósito de
su ciudad. La interactuación a que puede dar lugar semejante iniciativa no se
le escapa a nadie, pero por alguna razón, quizá de orden estético, quizá no, no
se considera una acción oportuna. Y al
final, todo queda reducido a un legado de hemeroteca, a actuaciones y eventos
culturales más o menos afortunados, desconectados, en un evidente sálvese quien
pueda.
El desembarco pirata
de la Semana Grande, una iniciativa de "los de las txoznas" acaba por sucumbir cuando un gobierno municipal
supuestamente afín lo incluye en el programa oficial de fiestas, domesticándolo,
anulándolo. Y esto es acríticamente aceptado como una jugada maestra por el
siguiente gobierno y por los que vendrán. Como tenemos centros culturales
municipales, bien dotados, que falta harán los espacios alternativos.
El Tacheles berlinés, un edificio
bombardeado durante la II Guerra Mundial y no reconstruido, fue okupado en 1992, tras la caída del muro,
por artistas de todo pelaje y condición, al grito de “los ideales están
arruinados, salvemos la ruina” y vivió una época de gloria en la que reinaba el
cooperativismo y la colaboración artística espontánea y no reglada. Fue tan innovador
que de contar con un expediente de derribo, pasó a recibir medio millón de
visitas al año y a convertirse en el motor de la regeneración del antiguo
barrio judío de la ciudad. Pero murió de éxito. De la noche a la mañana se transformó
en caza mayor para los inversores inmobiliarios que iniciaron el acoso y derribo
de sus miles de metros cuadrados. En 2011, se cortó parte del suministro
eléctrico; en 2012, los últimos artistas se rindieron a la evidencia y, como
suele decirse en estos casos, “depusieron su actitud”. El alcalde prometió
crear en el lugar un centro cultural municipal, pero el principal centro generador
de cultura alternativa de Europa ya había desaparecido. Podríamos decir, a modo
de epitafio, eso que proclaman los grafiteros: “si un mural es legal, no es
grafiti”.
Por eso el enigmático y
anónimo Bansky -bien sea un personaje particular o bien un grupo de muralistas
urbanos que actúan bajo ese seudónimo- y sus acciones de guerrilla artística
nocturna o transgresora, en las que la provocación y la denuncia levantan
ampollas allí donde se hace presente, es tan necesario. Porque si esto ocurre
en Berlín, no será extraño que aquí, en pocos años se incluya también una
rememoración festiva del otrora movidito día de la Salve a modo de toro de fuego revisitado en el que cada cual se
disfrace de lo que más le guste: policía nacional o manifestante.
Y es que son muy pocos
los que se muestran tan firmes como el bardo sin nombre, pastor de ovejas y
cantante, alto y desaliñado, que con su guitarra se planta bajo el arco de la
calle Puerto y nos deja sus canciones, su voz y su canto en un euskera de
verdad, con el sentimiento brotando de los poros de la piel. ¿A cambio de qué?
De nada, ni de unas monedas siquiera. Y claro, ahí sigue; nadie puede con él. Y
ni sabemos cómo se llama. Un lastimoso inadaptado, un bicho raro al que miramos
con una mezcla de estupor, condescendencia y secreta admiración.
En un contexto así, la
crítica a algo que, según el presupuesto básico y primero de su discurso de
presentación, tiene precisamente la "vocación de contar con los de
abajo", se considera subversiva y aguafiestas. De mal gusto, cateta y
destructiva. Se ningunea. Se anula. Y a pesar de ello, quijotes del mundo, se debería
insistir en generar un mínimo debate, pues sólo el debate (interior o
compartido) produce verdadera creación.
Porque, aún y todo, ¿podríamos
seguir pensando que estamos ante un esfuerzo altruista, quizá condicionado;
quizá errado, pero a la postre bienintencionado? Suponiendo que así lo fuera,
quedaría por ver si funciona. Y para que funcione, lo primero que tendría que
haber sería una discusión pública sobre su génesis misma y su conveniencia. Y
no la hay.
Y si no la hay, será difícil
que funcione. Y si no funciona tampoco esperemos excesiva autocrítica. Lo que
no funcione será que se explicó mal (como mucho), o que (más probablemente) se
entendió mal. El DV de 23/01/2016 -aviso a navegantes-, ninguneando en sus
titulares el bochornoso espectáculo inaugural, pero rendido a la evidencia,
señala en páginas interiores que: “el público no entendió la propuesta” y el
propio responsable del asunto, al ser preguntado por la negativa reacción del
público, vino a decir que este no estaba preparado para entenderlo. Así serán
maquillados errores y desvaríos y a otra cosa. Es significativo que, a tres
días de la inauguración se pidieran, para llevar a cabo la misma, 500 voluntarios
(más del doble de los ya inscritos). Un pequeño fallo de comunicación sí, pero la
Organización (ya nos sale con
mayúscula) se acordó de que necesitaba a la gente –a los pretendidos verdaderos protagonistas- para que el
tinglado funcionase, sólo tres días antes. Y claro, no funcionó.
Y a otra cosa. Porque
estamos a otra cosa, por supuesto inconfesable. Así que cuando Pablo Berastegui
nos señala que ésto es "mucho más un gran foro de ideas que un efectista
escaparate de coros y danzas" en realidad expresa una visión de la
realidad que no coincide con la realidad misma. Es justo al revés. Y además
nunca lo suficientemente grande. "Echo de menos algo mediático. Que cada
dos o tres meses hubiese un acto importante que sirviese de escaparate a
Donostia. Creo que, en general, le falta chicha. Son eventos pequeños, sin gran
trascendencia más allá de 100 kilómetros a la redonda", nos dice Mikel
Ubarrechena, presidente del gremio de hostelería local. ¿A qué se refiere?¿a
los Rolling Stones, a Aida con
elefantes y dromedarios, a mandar una misión al espacio? Ni idea, pero el fondo
está claro: promoción económica de la ciudad y dejarse de tonterías. Dígase al
menos a las claras, como lo hace Ubarrechena: nunca es suficiente, ni aunque un
mago haga desaparecer el puente de Maria Cristina.
Y junto a todo ello, surge
de nuevo e inevitablemente el repetido afán por sobredimensionarnos. No somos
poco y debemos estar orgullosos con lo que producimos, pero pretendemos ser
más, mucho más de lo que somos. Nos reinventamos a Chillida, nos reinventamos a
Mendiburu, nos reinventarnos constantemente. Hoy el grupo Gaur, mañana las
vanguardias pictóricas vascas, pasado los paseos escultóricos. Chillida,
Oteiza, Mendiburu, Zumeta, Balerdi, Mendiburu; Aduriz, Berasategui, Argiñano,
Argiñano, Berasategui, Adúriz… Nuestros méritos no dan para tanto excepto, a lo
que parece, en materia gastronómica, lo que no es baladí. La cocina ya no
cocina; la cocina es mucho más que cocina; ahora es ya creación de alta
cultura. Genios de la cocina. Se verá por ejemplo en el evento Creatividad entre fogones. Reinventando la
gastronomía vasca. Y el magnífico Tríptico
de Vicente Ameztoy, actualmente en la exposición de inauguración de la sala de
Kutxa en Tabacalera (Historias compartidas,
que recoge 70 obras de artistas vascos del siglo XX del fondo de Kutxa), estaba
expuesto hace un año en la sala Kubo -también de Kutxa- del Kursaal, con motivo
de la exposición La imagen fantástica.
Ejemplos no faltan.
Este día de la marmota
cultural vasca proviene de que, siendo un país pequeñito, queremos sacar de
donde no hay y lo cierto es que no hay más cera que la que arde. Y no hace
falta cuestionar la calidad de los autores para entenderlo. Se trata de una
especie de oficialismo particular al que le gustaría editar una historia de la
literatura vasca en 40 volúmenes, pero nuestros méritos (ampliamente
reconocidos) no dan para más. Si somos 2.189.000 habitantes según el censo de
2014, ¿a qué viene este afán?
Y si además, nos
empeñamos en seguir como el tonto, para delante cuando se acaba el camino,
nuestra producción artística perderá calidad porque los estándares habrán de
hacerse más laxos para que haya más,
para que se publique más, se premie más, se exponga más.
Me recuerda a esas
viejas películas de Georges Méliès en las que, con únicamente tres o cuatro actores,
se daba una falsa impresión de multitud a base de hacerlos salir y entrar en escena
constantemente.
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Pero, después de todo,
¿son tan importantes las culturas alternativas? Pues sí; sí que lo son, sobre
todo si pensamos en los efectos del poder en la sociedad. Así, Michel Faucault
nos dice: “Cuando pienso en la mecánica del poder, pienso en su forma capilar
de existencia, en el punto en el que el poder encuentra el núcleo mismo de los
individuos, alcanza su cuerpo, se inserta en sus gestos, actitudes, sus
discursos, su aprendizaje, su vida cotidiana”. La cultura oficial es una
cultura hegemónica que se difunde e impone a través de los medios de
comunicación de masas, la educación, el arte y los medios de consumo. Sus
valores y prácticas regulan el pensamiento y el comportamiento de las personas
y configuran simbólicamente la identidad del individuo como parte de un
conjunto regido por los parámetros culturales dominantes.
En el caso particular
de DSS2016EU, se trata además, de crear cultura "alternativa" desde
la oficialidad, en un giro perverso y cínico, en un doble engaño. ¿Qué no cuela?
Pues sí, sí que lo hace.
Y si de lo que
hablamos es de poder y control, reivindicar como ciudadanos el derecho a
cocinar el pastel cultural no es una cuestión baladí.
La cultura debe de ser
algo vivo, que esté ahí, en construcción permanente, encarnado en las personas
que configuran la sociedad y no algo que se asemeje a una tramoya, un atrezzo que durante un año funcione por
decreto institucional.
Pero en todo caso, si
mis dudas quedan a la postre resueltas y si mi escepticismo me obliga a agachar
la cabeza y pedir disculpas, una vez más lo haré. Y si se trata de un comienzo
y este es para bien, bienvenido sea.
Y bienvenido sea
también el debate al respecto, puesto que la verdad no es patrimonio de nadie
en particular; la verdad, si es que existe algo parecido, se busca entre todos,
en diálogo y debate permanente, de manera que sentíos libres para enmendarme la
plana si os parece necesario.
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Postdata: el mago no
lo consiguió. El puente no desapareció. La inauguración ha sido una mierda de
660.000€. Pero tranquilos: nos quedan exactamente 48.772.012 - 660.000 =
48.112.012 € para fiestukis. Y en verano fuegos artificiales.
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