martes, 26 de enero de 2016

CULTURA OFICIAL Y ROBO DE ENERGÍA CIUDADANA


Escribo sobre la tamborrada 2016 y deslizó un "maldita capitalidad". Me cae la del pulpo en casa y fuera de casa por mis explícitas y nada fundamentadas críticas. ¿A qué viene esa enmienda a la totalidad desde el juicio puntual a uno, el primero, de sus eventos?¿no podrías hacer crítica constructiva sin necesidad de cargarte el esfuerzo en su conjunto?¿qué necesidad tan visceral te mueve a ser tan aceradamente cenizo y cascarrabias, tan frívolo e injusto a la vez?

Un mal día lo tiene cualquiera, así que voy a hacer dos cosas: rectificar y dar motivo de mi crítica.

En cuanto a lo primero, reconocer que es posible que la Capitalidad Cultural Donostia 2016 llegue a ser fructífera e interesante vista globalmente -dejo claro, más abajo (espero), que ya lo son muchos de los actos programados-. Y de paso, que yo esté equivocado.

A favor de ello debería reconocer, para empezar, que no tengo una idea nítida de cómo debe de ser la promoción cultural de un espacio social y que más bien albergo "vagas intuiciones" de lo que creo que no debería ser. No es mucho, pero es algo. No creo que sea solo destruir sin construir.

En cuanto a lo segundo, tengo mis dudas. Allá voy.

Dudas no porque el nombre me parezca un mal augurio para la comprensión que se pretende de la ciudadanía (DSS2016EU), descifrable solo para iniciados; no porque el programa requiera de ocho páginas de explicaciones fárragosas y de un mapa de lectura ininteligible; no porque el barullo, la indefinición y la improvisación hayan campado por sus respetos y el desencuentro con luz y taquígrafos haya hecho su aparición en diversas ocasiones; no por las ocurrencias que han ido floreciendo aquí y allí sin un hilo conductor de fácil e intuitiva comprensión; no sólo por el ombliguismo que supuran algunas de las propuestas; y tampoco por el esnobismo hortera con el que se revisten otras, ni por la inevitable inclusión de la tamborrada o la gastronomía como eventos culturales identitarios sobredimensionados. No.

Tampoco por lo programado, entre lo cual, en caótico batiburrillo de eventos de todo tipo, encontramos propuestas de interés y oportunidades inigualables para el disfrute de los sentidos, que solo faltaba. Se acaba de inaugurar, por ejemplo, la magnífica retrospectiva dedicada al grupo Gaur, Konstelazioak (especialmente interesante en las 68 piezas que configuran su primera parte, aunque, por otro lado, no deje de ser "más de lo mismo" y algo diré a continuación al respecto) y ya nos anuncian una impresionante Tratados de paz con 300 obras relevantes de 21 museos distintos. Cine, teatro, música, danza, literatura, cómic, charlas, paseos, encuentros... y gastronomía (cómo no).

Quizá la propuesta de contenidos albergue los mejores argumentos para tachar de injustos los míos.

En todo caso, mi enmienda pretende cobrar sentido desde un punto de vista más conceptual. Se dirige al concepto mismo de esta capitalidad, a su filosofía, génesis y objetivos. Es el conjunto lo que se cuestiona. Por dirigista y a la vez tramposo, especialmente por pretender ser fruto de la ciudadanía.

Porque si cultura es, en un intento de definición entre los muchos posibles, el conjunto de ideologías, costumbres, lenguajes, formas de comportamiento, etc. que tiene un individuo dentro del grupo social al que pertenece y trasmitida por la sociedad circundante, lo importante es saber cuáles son los agentes de esta sociedad circundante que se encargan de transmitirla.

¿Surge la cultura desde abajo, desde lo popular y alternativo, desde una ciudadanía activa y liberada o es implementada desde arriba, desde una oficialidad elitista que ejerce su poder uniformizador?¿Se transmite desde Kortxoenea o desde la Fundación Kursaal?¿La generan los vecinos desde sus asociaciones de barrio o se genera desde la sede de la capitalidad en la calle Easo?

Tengo dudas, pero casi ninguna de que en DSS2016EU estamos hablando de cultura oficial disfrazada de participación ciudadana, de "olas de energía ciudadana", de "cultura para la convivencia" y todo ese rollo.  De un “proyecto transversal”, “participado por los donostiarras en su conjunto”, “con el protagonismo de la gente en el foco del asunto”, “con vocación transformadora”, blablablá.

Esos parecen ser los deseos, los objetivos que se esgrimen en folletos, declaraciones  y presentaciones. Cultura para el pueblo, participada por el pueblo, pero ¿generada por el pueblo? Hay algo que chirría en este asunto. Los buenos deseos parecen tornarse en justificaciones que a su vez se topan de bruces con la realidad, con un conocimiento del proyecto que si de alguna manera fomenta la participación de la gente, lo hace básicamente en un sentido semanagrandista. De fuegos y helado. Los niños responden entre risas "ni idea", cuando se les pregunta y los mayores más enterados avanzan que será "una gran oportunidad para la ciudad y para el turismo, con un montón de cosas".

Y si es así, para este viaje no hacen falta alforjas. Tiremos de fondo de armario. La inauguración de luz y sonido de 660.000€; el hacer cantar a 50.000 personas nuestro penúltimo hallazgo identitario-cultural, el Baga biga higa de Mikel Laboa (nadie recuerda ya que son dos poemas de Manuel Lecuona); la barroquización de la tamborrada, desdibujada entre coros y danzas o en la playa, fuera de contexto; Kresala, el Orfeón Donostiarra, aizkolaris y soka-tira, Chillida, Oteiza, Zumeta, Balerdi; los inevitables: Kutxa, la Real Sociedad y El Diario Vasco (que nos regala la bandera oficial de la capitalidad y oculta el fiasco de la ceremonia inaugural); los patrocinios (muchos menos de los esperados); Tabacalera (magnífico edificio, magníficos espacios, ¿magníficas intenciones?); el congreso de las lenguas minoritarias (y otras iniciativas complementarias), con un "muelle" para él sólo, el 284+, y que adquiere una presencia abrumadora y desproporcionada; el esnobismo rampante de lo cool y lo hipster hecho realidad en las diferentes presentaciones y ceremonias que sirven de retroalimento para nuestras élites en la onda... En este panorama sólo se echa en falta, por edad y salud, o como excepción que confirme la regla, a Juan Mari Arzak.

Y tiremos también de los supuestos objetivos: paz y convivencia, diálogo, ciudadanía, cambio y tolerancia, Olatu Talka, olas de participación, faros y muelles. Ya tenemos el traje. El corsé.

Un corsé paradójico barnizado de ciudadanatis, disfraz de creación comunitaria y corresponsabilización, que oculta un dirigismo oficialista. Cultura oficial que ocupa el papel generador que debería tener el conjunto de los donostiarras ¿Un esfuerzo pedagógico, un impulso, un ánimo, un estímulo? Cultura por decreto. Prostitución de la cultura. Una usurpación. Un juego de tronos. El giro perverso de otra perversión.

Y mientras tanto, Chillida Leku cerrado, vetado a los particulares. Y el Peine de los Vientos -un sinigual espacio público, concebido precisamente por Eduardo Chillida como plaza pública, lugar de encuentro, en el que suavizar, peinar los desencuentros y los vientos de la discordia- cerrado desde hace ocho meses y con la previsión de no ser abierto antes de verano. Y una ceremonia inaugural en la que no se entiende ni jota y que no se ve, literalmente, desde el lugar propuesto por la organización (las únicas que tenían una visión de conjunto eran, como no podía ser de otra manera, las autoridades que ocupaban la magnífica terraza de Tabacalera). Una ceremonia encargada a un tal Hänsel Cerezo (lo más) y en la que, según la opinión más extendida, se echó en falta "una buena traca final de fuegos artificiales" (¡Caballer, socorrenos!). Y las redes sociales echando humo. Empezamos bien.

De este modo, mientras que en Edimburgo, el Fringe o festival paralelo, surge como alternativa al oficial y adquiere tal dimensión que acaba fagocitándolo, aquí recorremos el camino contrario: "ahora niños, coged un papel y dibujad un elefante. Que cada uno lo haga como quiera. Aquí tenéis lápices de colores y tiempo hasta la hora del recreo y luego podréis salir un rato al patio. Pero no hagáis mucho ruido, que los mayores estamos trabajando". Y así nos sale un Olatu Talka, con “ciudadanía protagonista e implicada en la generación de cambios”.

Porque la oficialidad trata de apropiarse de la alteridad siempre. No ceja en el empeño de fagocitar a los creadores, que sucumben a los cantos de sirena para hacerse peligrosamente cómplices e involuntarios policías políticos de este discurso. Desaparece la independencia creadora y se conforma un universo dirigido y avalado por quienes deberían reivindicar su libertad y falta de ataduras. Se toca el piano impecablemente, pero ¿para qué? Y así, mientras se habla de que se promociona la cultura como arma de transformación social, se maltrata, se humilla a los creadores. No se genera base transformadora. La gente se tiene que buscar la vida y si sobran algunas migajas de la tarta, pues mira qué suerte. Y si un proyecto verdaderamente participativo se cae de la fiesta es que no tiene cabida.

El reconocido artista y fotógrafo donostiarra, residente en Berlín, R.O., presenta 365 retratos de ciudadanos donostiarras en telas de gran formato, para colgar en la plaza de Zuloaga durante 24 horas cada uno, a lo largo de toda la capitalidad e incluyendo una breve leyenda con reflexiones de los retratados a propósito de su ciudad. La interactuación a que puede dar lugar semejante iniciativa no se le escapa a nadie, pero por alguna razón, quizá de orden estético, quizá no, no se considera una acción  oportuna. Y al final, todo queda reducido a un legado de hemeroteca, a actuaciones y eventos culturales más o menos afortunados, desconectados, en un evidente sálvese quien pueda.

El desembarco pirata de la Semana Grande, una iniciativa de "los de las txoznas" acaba por sucumbir cuando un gobierno municipal supuestamente afín lo incluye en el programa oficial de fiestas, domesticándolo, anulándolo. Y esto es acríticamente aceptado como una jugada maestra por el siguiente gobierno y por los que vendrán. Como tenemos centros culturales municipales, bien dotados, que falta harán los espacios alternativos.

El Tacheles berlinés, un edificio bombardeado durante la II Guerra Mundial y no reconstruido, fue okupado en 1992, tras la caída del muro, por artistas de todo pelaje y condición, al grito de “los ideales están arruinados, salvemos la ruina” y vivió una época de gloria en la que reinaba el cooperativismo y la colaboración artística espontánea y no reglada. Fue tan innovador que de contar con un expediente de derribo, pasó a recibir medio millón de visitas al año y a convertirse en el motor de la regeneración del antiguo barrio judío de la ciudad. Pero murió de éxito. De la noche a la mañana se transformó en caza mayor para los inversores inmobiliarios que iniciaron el acoso y derribo de sus miles de metros cuadrados. En 2011, se cortó parte del suministro eléctrico; en 2012, los últimos artistas se rindieron a la evidencia y, como suele decirse en estos casos, “depusieron su actitud”. El alcalde prometió crear en el lugar un centro cultural municipal, pero el principal centro generador de cultura alternativa de Europa ya había desaparecido. Podríamos decir, a modo de epitafio, eso que proclaman los grafiteros: “si un mural es legal, no es grafiti”.

Por eso el enigmático y anónimo Bansky -bien sea un personaje particular o bien un grupo de muralistas urbanos que actúan bajo ese seudónimo- y sus acciones de guerrilla artística nocturna o transgresora, en las que la provocación y la denuncia levantan ampollas allí donde se hace presente, es tan necesario. Porque si esto ocurre en Berlín, no será extraño que aquí, en pocos años se incluya también una rememoración festiva del otrora movidito día de la Salve a modo de toro de fuego revisitado en el que cada cual se disfrace de lo que más le guste: policía nacional o manifestante.

Y es que son muy pocos los que se muestran tan firmes como el bardo sin nombre, pastor de ovejas y cantante, alto y desaliñado, que con su guitarra se planta bajo el arco de la calle Puerto y nos deja sus canciones, su voz y su canto en un euskera de verdad, con el sentimiento brotando de los poros de la piel. ¿A cambio de qué? De nada, ni de unas monedas siquiera. Y claro, ahí sigue; nadie puede con él. Y ni sabemos cómo se llama. Un lastimoso inadaptado, un bicho raro al que miramos con una mezcla de estupor, condescendencia y secreta admiración.

En un contexto así, la crítica a algo que, según el presupuesto básico y primero de su discurso de presentación, tiene precisamente la "vocación de contar con los de abajo", se considera subversiva y aguafiestas. De mal gusto, cateta y destructiva. Se ningunea. Se anula. Y a pesar de ello, quijotes del mundo, se debería insistir en generar un mínimo debate, pues sólo el debate (interior o compartido) produce verdadera creación.

Porque, aún y todo, ¿podríamos seguir pensando que estamos ante un esfuerzo altruista, quizá condicionado; quizá errado, pero a la postre bienintencionado? Suponiendo que así lo fuera, quedaría por ver si funciona. Y para que funcione, lo primero que tendría que haber sería una discusión pública sobre su génesis misma y su conveniencia. Y no la hay.

Y si no la hay, será difícil que funcione. Y si no funciona tampoco esperemos excesiva autocrítica. Lo que no funcione será que se explicó mal (como mucho), o que (más probablemente) se entendió mal. El DV de 23/01/2016 -aviso a navegantes-, ninguneando en sus titulares el bochornoso espectáculo inaugural, pero rendido a la evidencia, señala en páginas interiores que: “el público no entendió la propuesta” y el propio responsable del asunto, al ser preguntado por la negativa reacción del público, vino a decir que este no estaba preparado para entenderlo. Así serán maquillados errores y desvaríos y a otra cosa. Es significativo que, a tres días de la inauguración se pidieran, para llevar a cabo la misma, 500 voluntarios (más del doble de los ya inscritos). Un pequeño fallo de comunicación sí, pero la Organización (ya nos sale con mayúscula) se acordó de que necesitaba a la gente –a los pretendidos verdaderos protagonistas- para que el tinglado funcionase, sólo tres días antes. Y claro, no funcionó.

Y a otra cosa. Porque estamos a otra cosa, por supuesto inconfesable. Así que cuando Pablo Berastegui nos señala que ésto es "mucho más un gran foro de ideas que un efectista escaparate de coros y danzas" en realidad expresa una visión de la realidad que no coincide con la realidad misma. Es justo al revés. Y además nunca lo suficientemente grande. "Echo de menos algo mediático. Que cada dos o tres meses hubiese un acto importante que sirviese de escaparate a Donostia. Creo que, en general, le falta chicha. Son eventos pequeños, sin gran trascendencia más allá de 100 kilómetros a la redonda", nos dice Mikel Ubarrechena, presidente del gremio de hostelería local. ¿A qué se refiere?¿a los Rolling Stones, a Aida con elefantes y dromedarios, a mandar una misión al espacio? Ni idea, pero el fondo está claro: promoción económica de la ciudad y dejarse de tonterías. Dígase al menos a las claras, como lo hace Ubarrechena: nunca es suficiente, ni aunque un mago haga desaparecer el puente de Maria Cristina.

Y junto a todo ello, surge de nuevo e inevitablemente el repetido afán por sobredimensionarnos. No somos poco y debemos estar orgullosos con lo que producimos, pero pretendemos ser más, mucho más de lo que somos. Nos reinventamos a Chillida, nos reinventamos a Mendiburu, nos reinventarnos constantemente. Hoy el grupo Gaur, mañana las vanguardias pictóricas vascas, pasado los paseos escultóricos. Chillida, Oteiza, Mendiburu, Zumeta, Balerdi, Mendiburu; Aduriz, Berasategui, Argiñano, Argiñano, Berasategui, Adúriz… Nuestros méritos no dan para tanto excepto, a lo que parece, en materia gastronómica, lo que no es baladí. La cocina ya no cocina; la cocina es mucho más que cocina; ahora es ya creación de alta cultura. Genios de la cocina. Se verá por ejemplo en el evento Creatividad entre fogones. Reinventando la gastronomía vasca. Y el magnífico Tríptico de Vicente Ameztoy, actualmente en la exposición de inauguración de la sala de Kutxa en Tabacalera (Historias compartidas, que recoge 70 obras de artistas vascos del siglo XX del fondo de Kutxa), estaba expuesto hace un año en la sala Kubo -también de Kutxa- del Kursaal, con motivo de la exposición La imagen fantástica. Ejemplos no faltan.

Este día de la marmota cultural vasca proviene de que, siendo un país pequeñito, queremos sacar de donde no hay y lo cierto es que no hay más cera que la que arde. Y no hace falta cuestionar la calidad de los autores para entenderlo. Se trata de una especie de oficialismo particular al que le gustaría editar una historia de la literatura vasca en 40 volúmenes, pero nuestros méritos (ampliamente reconocidos) no dan para más. Si somos 2.189.000 habitantes según el censo de 2014, ¿a qué viene este afán?

Y si además, nos empeñamos en seguir como el tonto, para delante cuando se acaba el camino, nuestra producción artística perderá calidad porque los estándares habrán de hacerse más laxos para que haya más, para que se publique más, se premie más, se exponga más.

Me recuerda a esas viejas películas de Georges Méliès en las que, con únicamente tres o cuatro actores, se daba una falsa impresión de multitud a base de hacerlos salir y entrar en escena constantemente.

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Pero, después de todo, ¿son tan importantes las culturas alternativas? Pues sí; sí que lo son, sobre todo si pensamos en los efectos del poder en la sociedad. Así, Michel Faucault nos dice: “Cuando pienso en la mecánica del poder, pienso en su forma capilar de existencia, en el punto en el que el poder encuentra el núcleo mismo de los individuos, alcanza su cuerpo, se inserta en sus gestos, actitudes, sus discursos, su aprendizaje, su vida cotidiana”. La cultura oficial es una cultura hegemónica que se difunde e impone a través de los medios de comunicación de masas, la educación, el arte y los medios de consumo. Sus valores y prácticas regulan el pensamiento y el comportamiento de las personas y configuran simbólicamente la identidad del individuo como parte de un conjunto regido por los parámetros culturales dominantes.

En el caso particular de DSS2016EU, se trata además, de crear cultura "alternativa" desde la oficialidad, en un giro perverso y cínico, en un doble engaño. ¿Qué no cuela? Pues sí, sí que lo hace.

Y si de lo que hablamos es de poder y control, reivindicar como ciudadanos el derecho a cocinar el pastel cultural no es una cuestión baladí.

La cultura debe de ser algo vivo, que esté ahí, en construcción permanente, encarnado en las personas que configuran la sociedad y no algo que se asemeje a una tramoya, un atrezzo que durante un año funcione por decreto institucional.

Pero en todo caso, si mis dudas quedan a la postre resueltas y si mi escepticismo me obliga a agachar la cabeza y pedir disculpas, una vez más lo haré. Y si se trata de un comienzo y este es para bien, bienvenido sea.

Y bienvenido sea también el debate al respecto, puesto que la verdad no es patrimonio de nadie en particular; la verdad, si es que existe algo parecido, se busca entre todos, en diálogo y debate permanente, de manera que sentíos libres para enmendarme la plana si os parece necesario.

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Postdata: el mago no lo consiguió. El puente no desapareció. La inauguración ha sido una mierda de 660.000€. Pero tranquilos: nos quedan exactamente 48.772.012 - 660.000 = 48.112.012 € para fiestukis. Y en verano fuegos artificiales.


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