Leo Los judios y las palabras, ensayo de Amos Oz y su hija Fania
Oz-Salzberger y me sorprendo a mí mismo pensando en que en las palabras
está el verdadero secreto de los judios. "La Palabra -hablada y escrita,
recitada y citada- es la verdadera clave de la continuidad judía". La
palabra se impone; su inmaterialidad se impone a la idea de una raza
cromosómica, o al menos una raza a la que la genética explique por sí
sola. No, no es una cuestión de narices; los judíos no serían
sin las palabras. La imagen de los niños repitiendo los versículos de
la Torá, junto a la bandeja de los dulces en las escuelas talmúdicas, es
la repetición de la imagen de sus ancestros discutiendo los más grandes
enigmas del Talmud. Maestros y discípulos al calor de la lumbre, padres
e hijos en la cocina del hogar repitiendo los mismos versos, las mismas
historias, las mismas canciones. Palabras del Tanaj que Dios concedió a
Moisés en el principio de la historia y que los hombres hicieron
sagradas; parágrafos numerados de la Mishná que recogíeron los tanaim,
maestros repetidores de la tradición oral; discusiones de la Gemará que
dotan de vida propia a las palabras; cuentos, poesías, chistes y
melodías repetidas una y mil veces por los siglos de los siglos. El
humor, el teatro judío. Filósofos, recitadores. De Gamaliel el Viejo
hasta Woody Allen; de Flavio Josefo a Bob Dylan; desde Maimónides a
Spinoza y desde éste hasta Karl Marx. Palabras que forjaron la suerte y
el destino de todo un pueblo. Un pueblo sin pirámides, ni catedrales,
que está en todas partes y en ninguna. Un pueblo errante, a veces
invisible, a veces omnipresente, en los Cárpatos o en Canadá, en
Brooklyn y en Odessa, Túnez, Shangai, Argentina, Turquía, España y, por
fin, de nuevo, Palestina... Su gracia y su desgracia. La impresionante
certeza de las palabras.
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