Es cierto que los horrorosos sucesos de París tienen múltiples niveles
de lectura, pero hay uno muy chirriante por oportunista: ese ataque de
seguritis que les ha dado a todos los políticos con un determinado grado
de responsabilidad global... Y que nunca impedirán, con sus medidas
coercitivas y nada espontáneas, que barbaridades como estas ocurran de
tanto en tanto, en New York, Londres o Madrid, pero tampoco en Oklahoma o
en la isla de Utoya, en Noruega. A pesar de los 17 muertos
resulta de sentido común que se trata de medidas desproporcionadas e
ineficaces en las que la propaganda ocupa un lugar central. Una vez más,
como siempre, de un lado y otro (y sobre todo de uno), se está haciendo
del terrorismo un juego dialéctico, practicado con desmesura y que
tiene por objeto meternos el miedo en el cuerpo, haciéndonos creer que
vivimos en el más inseguro de los mundos posibles. Y esto es mentira, al
menos en Occidente. Y quizá no lo sea tanto en el ámbito del mundo
árabe, pero por razones mucho más complejas (y de responsabilidad
compartida, por cierto) que la actuación de tres jóvenes despojados de
futuro y sin horizonte vital, que se parecen más a nuestra "generación
nini", a los otakus o hikikomoris japoneses, obsesivos de los juegos de
rol, o a los protagonistas de las matanzas de Waco, Texas o del
instituto Columbine. Y es una mentira al servicio del control del
ciudadano, atónito ante el espectáculo televisivo y desbordante de una
manifestación en la que millones de personas de buena voluntad caminan
unidas, en un gesto con todos esos niveles de lectura, con todas esas
contradicciones y con todos esos peajes pagados a tirios y troyanos y
otros señores de la guerra. Por cierto, ver a Erdogan o a los saudíes
defender la libertad de prensa de un medio que en sus respectivos países
hubiera sido reprimido desde el minuto uno no es mas que una muestra de
la hipocresía que subyace en todo este tristísimo y lamentable suceso. Y
si, a pesar de todo, je suis aussi Charlie Hebdó.
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