Ayer se fue directo a no sé dónde Iñaki Amutxastegi, Iñaki, Amutxas.
Tenía tanta prisa que no cumplió los cuarenta, tanta prisa que no estuvo
enfermo ni seis meses. En realidad ni siquiera era prisa por morirse,
yo creo que era prisa por vivir en plenitud.
Iñaki, a base de Ducados en vena, tuvo una vida agitada, a veces dificil, a veces también incomprendida, lo que me hace ahora preguntarme si fui lo suficientemente consciente de que él estaba ahí, como vecino, como catequista, como monitor, como cura, como compañero del consejo parroquial, como amigo...
Pero Iñaki tuvo también y por encima de todo una vida fructífera, en la que, a la postre, los amigos se arraciman en torno a su recuerdo para revivir los buenos momentos, los momentos divertidos, los momentos de proyectos e ilusiones, los momentos de construir vida con su palabra, con su histriónico y carcajeante sentido del humor, con su presencia...
Yo no fui un íntimo. Otros le conocieron mucho más y mejor que yo, pero recuerdo que, cuando le fui a visitar al hospital, la única vez que estuve con él en el transcurso de su enfermedad, me reconoció antes que yo a él (y hay que entender que él estaba en una habitación de dos camas, que no me esperaba y que yo entraba sabiendo que me lo iba a encontrar exactamente allí). Quiero decir que me reconoció al instante, mientras que yo me mostré confuso y perturbado al verlo allí devastado por la quimioterapia, delgado y sin cabello, estúpido de mi. Pero él, con una sonrisa y sin disimular su alegría por mi presencia, me llamó por mi nombre y me rescató de aquella estúpida situación en la que me veía atrapado. Me contó de su proceso, me dijo que había dejado de fumar (me explicaba entre risas que era porque estaba acojonado y que, como método para dejar el vicio, un linfoma era insuperable) y me transmitió, sobre todo, sus enormes deseos de vivir. Me acogió con un cariño tan sincero que me marché de su habitación mucho más alegre que aterrado.
Esa fue, para mi, una gran contribución de Iñaki al testimonio evangélico, una contribución de la que salí beneficiario, una contribución que no olvidaré; en definitiva: me llamó por mi nombre.
Es verdad que luego, que ayer se murió, pero yo creo que no lo hizo para fastidiar (aunque fastidia bastante, Iñaki, majete, que lo sepas). Gila hubiera dicho "que sea la última vez que naces solo". Yo creo que lo hizo porque de verdad estaba llamado a nacer a la vida plena.
Querido Iñaki, Iñaki maitea: Eskerrik asko eta agur. Goian bego.
Iñaki, a base de Ducados en vena, tuvo una vida agitada, a veces dificil, a veces también incomprendida, lo que me hace ahora preguntarme si fui lo suficientemente consciente de que él estaba ahí, como vecino, como catequista, como monitor, como cura, como compañero del consejo parroquial, como amigo...
Pero Iñaki tuvo también y por encima de todo una vida fructífera, en la que, a la postre, los amigos se arraciman en torno a su recuerdo para revivir los buenos momentos, los momentos divertidos, los momentos de proyectos e ilusiones, los momentos de construir vida con su palabra, con su histriónico y carcajeante sentido del humor, con su presencia...
Yo no fui un íntimo. Otros le conocieron mucho más y mejor que yo, pero recuerdo que, cuando le fui a visitar al hospital, la única vez que estuve con él en el transcurso de su enfermedad, me reconoció antes que yo a él (y hay que entender que él estaba en una habitación de dos camas, que no me esperaba y que yo entraba sabiendo que me lo iba a encontrar exactamente allí). Quiero decir que me reconoció al instante, mientras que yo me mostré confuso y perturbado al verlo allí devastado por la quimioterapia, delgado y sin cabello, estúpido de mi. Pero él, con una sonrisa y sin disimular su alegría por mi presencia, me llamó por mi nombre y me rescató de aquella estúpida situación en la que me veía atrapado. Me contó de su proceso, me dijo que había dejado de fumar (me explicaba entre risas que era porque estaba acojonado y que, como método para dejar el vicio, un linfoma era insuperable) y me transmitió, sobre todo, sus enormes deseos de vivir. Me acogió con un cariño tan sincero que me marché de su habitación mucho más alegre que aterrado.
Esa fue, para mi, una gran contribución de Iñaki al testimonio evangélico, una contribución de la que salí beneficiario, una contribución que no olvidaré; en definitiva: me llamó por mi nombre.
Es verdad que luego, que ayer se murió, pero yo creo que no lo hizo para fastidiar (aunque fastidia bastante, Iñaki, majete, que lo sepas). Gila hubiera dicho "que sea la última vez que naces solo". Yo creo que lo hizo porque de verdad estaba llamado a nacer a la vida plena.
Querido Iñaki, Iñaki maitea: Eskerrik asko eta agur. Goian bego.
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