Acabó la Semana Grande. A ver si se sanea un poquito Lo Viejo;
estamos de guiris hasta la coronilla. Literamente. Me acabo de quitar
uno de detrás de la oreja.
Últimamente, cada vez que voy a
aparcar, se me pone delante el tren Txu-txu ¡y desde la última fila sus
extraños ocupantes me sacan fotos! y así, a su paso y sin otra cosa más
interesante entre manos, voy buscando plaza libre.
De hecho, se
han visto japoneses con cara de chinos fotografiando papeleras y cosas
tiradas por los suelos. Tal cual. Lo ves y dices: mira, otro oriental
haciendo fotos. A veces sólo lo piensas, mecánicamente, como cuando ves
un Pokemon. ¡Mira, un Pokemon! A este punto hemos llegado. Hay que
joderse.
Un australiano estaba volando un dron desde el Paseo de
los Curas; una rusa había ganado vino, txorizo y jamón en las ferias del
Paseo Nuevo; había unas chicas negras de despedida de soltera, pero
manejando la situación con discreción, y una familia de franceses en el
desembarco pirata se desahogaban gritando "allez la France!". Lo más
normal: uno de Bilbao que dio 4,34 mg por litro de sangre en un control
de alcoholemia. Récord mundial. Nada en especial.
Ayer quise
entrar al portal escapando de cabezudos y gigantes venidos de los cuatro
confines, cuando un brontosaurio de pelo rojo, piel más roja que su
pelo y un tatuaje que le subía por el cuello desde el meñique hasta la
oreja en lo que parecía ser una inscripción de su tribu de origen, me
puso algunos problemas para poder abrir la puerta y escapar del
akelarre.
Como deduje después de hacerle ver, mediante el
lenguaje de los signos, que mi intención no era ocupar su espacio, sino
refugiarme en mi madriguera, la gigantesca gamba de las montañas
caucásicas pensó en un primer momento que yo era un estorbo más del que
librarse de dos tortazos con la mano abierta.
Tuve que recurrir
en última instancia a las palabras mágicas previstas para estas
incomodidades: "¿Pintxos? ¡Por allí!", de resultas que el obstáculo
salió con prestancia en la dirección que señalaba mi dedo.
Deseo:
hace calor, salgo de trabajar; a ver si me doy un bañito en el marco
incomparable. Realidad: marea alta y el sobaco de una gorda inglesa que,
por lo que sea, no hace más que mover los brazos, como el molino de Don
Quijote, delante de mis narices. Al lado una miríada de boy scouts
acampándome encima, guitarra incluida. Don Quijote, yo. Comiendo arena.
Ayer también, coincidiendo con la marea alta, había unas cuantas olas
en el Paseo Nuevo. Parapetado en un bici inútil, puesto que el bidegorri
estaba colapsado por gentes de la Torre de Babel, no pude sino
regocijarme cuando un pequeño batallón de las hordas circundantes se vio
sorprendido por un resplandeciente chorro de agua espumosa. ¡Bien!
Dicen que la naturaleza siempre acaba poniendo las cosas en su sitio.
Ojalá encuentre la Madre Tierra una solución análoga para los orines
que soportamos los que somos vecinos de la iglesia parroquial de San
Vicente y aledaños. Si hay que ponerle velas al santo, que se pongan.
Pero el caso es que, poco a poco, venimos a quedarnos los de siempre y
así, pasito a pasito, marchamos de cabeza a las Euskal Jaiak, el Sagardo
Eguna y las regatas de traineras.
Pondremos la sidra a refrescar
y, como no, animados por los Bebés de la Bulla, tendremos txotx una vez
más junto a los muros de la Iglesia. Gora Euskadi!