lunes, 22 de agosto de 2016

TURISTAS Y DRONES

Acabó la Semana Grande. A ver si se sanea un poquito Lo Viejo; estamos de guiris hasta la coronilla. Literamente. Me acabo de quitar uno de detrás de la oreja.

Últimamente, cada vez que voy a aparcar, se me pone delante el tren Txu-txu ¡y desde la última fila sus extraños ocupantes me sacan fotos! y así, a su paso y sin otra cosa más interesante entre manos, voy buscando plaza libre. 

De hecho, se han visto japoneses con cara de chinos fotografiando papeleras y cosas tiradas por los suelos. Tal cual. Lo ves y dices: mira, otro oriental haciendo fotos. A veces sólo lo piensas, mecánicamente, como cuando ves un Pokemon. ¡Mira, un Pokemon! A este punto hemos llegado. Hay que joderse.

Un australiano estaba volando un dron desde el Paseo de los Curas; una rusa había ganado vino, txorizo y jamón en las ferias del Paseo Nuevo; había unas chicas negras de despedida de soltera, pero manejando la situación con discreción, y una familia de franceses en el desembarco pirata se desahogaban gritando "allez la France!". Lo más normal: uno de Bilbao que dio 4,34 mg por litro de sangre en un control de alcoholemia. Récord mundial. Nada en especial. 

Ayer quise entrar al portal escapando de cabezudos y gigantes venidos de los cuatro confines, cuando un brontosaurio de pelo rojo, piel más roja que su pelo y un tatuaje que le subía por el cuello desde el meñique hasta la oreja en lo que parecía ser una inscripción de su tribu de origen, me puso algunos problemas para poder abrir la puerta y escapar del akelarre.

Como deduje después de hacerle ver, mediante el lenguaje de los signos, que mi intención no era ocupar su espacio, sino refugiarme en mi madriguera, la gigantesca gamba de las montañas caucásicas pensó en un primer momento que yo era un estorbo más del que librarse de dos tortazos con la mano abierta.

Tuve que recurrir en última instancia a las palabras mágicas previstas para estas incomodidades: "¿Pintxos? ¡Por allí!", de resultas que el obstáculo salió con prestancia en la dirección que señalaba mi dedo.

Deseo: hace calor, salgo de trabajar; a ver si me doy un bañito en el marco incomparable. Realidad: marea alta y el sobaco de una gorda inglesa que, por lo que sea, no hace más que mover los brazos, como el molino de Don Quijote, delante de mis narices. Al lado una miríada de boy scouts acampándome encima, guitarra incluida. Don Quijote, yo. Comiendo arena. 

Ayer también, coincidiendo con la marea alta, había unas cuantas olas en el Paseo Nuevo. Parapetado en un bici inútil, puesto que el bidegorri estaba colapsado por gentes de la Torre de Babel, no pude sino regocijarme cuando un pequeño batallón de las hordas circundantes se vio sorprendido por un resplandeciente chorro de agua espumosa. ¡Bien! Dicen que la naturaleza siempre acaba poniendo las cosas en su sitio.

Ojalá encuentre la Madre Tierra una solución análoga para los orines que soportamos los que somos vecinos de la iglesia parroquial de San Vicente y aledaños. Si hay que ponerle velas al santo, que se pongan.

Pero el caso es que, poco a poco, venimos a quedarnos los de siempre y así, pasito a pasito, marchamos de cabeza a las Euskal Jaiak, el Sagardo Eguna y las regatas de traineras.

Pondremos la sidra a refrescar y, como no, animados por los Bebés de la Bulla, tendremos txotx una vez más junto a los muros de la Iglesia. Gora Euskadi!